Estamos lejos de aquellos salones en que se hablaba y de los que mi imaginación deslumbrada ha conservado un literario recuerdo.
El salón en que se conversa, es la excepción en Provincias; el en que se chismorrea, es enteramente la regla general... En casa de la abuela se conversa un poco... a veces; se chismorrea siempre... Con dulzura, seguramente, sin maldad y con una notoria benevolencia, pero, en fin, se chismorrea.
Hasta ahora estaba yo casi excluida de esas reuniones, sin gran sentimiento mío, lo confieso. Hoy han cambiado mis ideas. Con mis pretensiones al estudio de mis semejantes, mis alas se desarrollan y se ensanchan y pido conocer el mundo, la vida, las solteronas... y qué sé yo cuántas cosas... En una palabra, la abuela está un poco asustada al ver tal actividad intelectual.
—Espero, Magdalena, que no te vas a volver una cerebral—gime aterrada.
Esa palabra en la boca de la abuela, es sinónimo de desequilibrada, pero yo no me ofendo. Un cumplimiento más de los que tienen poco de halagüeños... ¡Bah! no hay más que acorazarse...
La primera visita de esta tarde ha sido el padre Tomás. Estaba yo terminando de arreglar las flores en los inmensos jarrones de los ángulos, y echando una ojeada a los almohadones para convencerme de que estaban bien colocados, cuando el cura me sorprendió, en el momento en que me disponía a subir a mi cuarto a esperar que la abuela tuviese a bien llamarme. El padre Tomás penetró en el salón con tan prodigiosa vivacidad, que tropezó en una mesita en la que la abuela expone—pues es una verdadera exposición,—preciosas miniaturas antiguas. La mesa retembló en sus patas vacilantes, los caballetes se estremecieron bajo su gracioso peso de cuadritos y retratos, y el cura se quedó tan confundido que sus gafas temblaron en la rebelde nariz.
—¡Cómo, Magdalena! vaya un modo de abandonar a las solteronas—me dijo en cuanto se calmó un poco la emoción de una entrada tan bien combinada y no bien se hubo sentado en la silla que le indicó la abuela.—Esto es una traición.
—No, señor cura—respondí alegremente.—Continúo mis estudios, con permiso de la abuela.
—¿Y el señor Desmaroy, le autoriza a usted igualmente?—preguntó el cura con tono bastante irónico.
—Se lo ruego a usted, señor cura, dejemos al señor Desmaroy en paz por ahora, y hasta pasado mañana—imploré más con la mirada que con la palabra.—Hoy me propongo aumentar mi ciencia del celibato y cuento con usted para ayudarme, ya que ha venido.