—Muy bien—dijo el cura, comprendiendo que no había cambiado tanto de ideas como él creía, lo que me valió una dulce sonrisa, pues el cura detesta a las veletas.—¿Qué desea usted saber de éste su humilde servidor?—prosiguió, con mirada maliciosa.

—¿Me van ustedes a condenar a otra conversación sobre las solteronas?—preguntó la abuela descontenta.—Creo, señor cura, que es usted tan insoportable como mi nieta...

—¿Cree usted?—preguntó el cura con una de esas buenas sonrisas de que él tiene el secreto.—Y yo que me hacía ilusiones...

La abuela movió la cabeza con expresión de duda, lo que puso el colmo a la alegría del cura, pues es éste tan feliz como un rey cuando puede contrariar a la abuela.

—Y bien, Magdalena, ¿en qué está usted?—me dijo por fin, cuando recobró el aliento.

—Me detiene la dificultad de distinguir las solteronas voluntarias de las involuntarias...

—¿Cómo es eso?

—En las jóvenes reconozco muy bien las diferentes categorías. Así, por ejemplo, veo sin microscopio que si Francisca y Petra, sin contar otras amigas en el mismo caso, no llegan a casarse, serán ciertamente solteronas involuntarias, recalcitrantes del celibato. Es igualmente visible a simple vista que si Genoveva y yo no nos casamos, pasamos inmediatamente a la categoría de solteronas voluntarias. Lo que es menos claro es lo que pasa con las solteronas llegadas.

—¿Llegadas a qué?—preguntó el cura abriendo los ojos interrogadores detrás de las gafas.

—Llegadas al pleno esplendor del celibato, a la completa y profunda posesión de su yo personal.