—¡Vaya! si empiezan ustedes con eso del «yo personal»—protestó la abuela,—van a decir, ciertamente, muchas tonterías... Estamos perdidos.
—No tanto como usted cree—respondió vivamente el cura.—Si he comprendido bien—continuó dirigiéndose a mí,—querría usted saber cómo se distingue una solterona voluntaria de una forzosa, cuando ambas son de cierta edad...
—Eso es, señor cura, enteramente eso.
—Entonces—replicó el cura sonriendo a medias,—se tiene ya la murmuración del pueblo como base de información...
—¡Oh!—protesté vivamente, un poco conmovida por semejante frase.
—No deja usted de saber—prosiguió con acento burlón más marcado,—que la señorita X, que tiene sesenta años, tenía una vocación pronunciada por el matrimonio; que la señorita Y, de cinco años más que ella, tuvo un amor desgraciado segado en flor; que la señorita Z, de unas cuantas primaveras menos, asustó a sus pretendientes por su mal carácter; que ésta no tenía dote; que aquélla tenía demasiadas pretensiones, etc., etc.
—Sí, señor cura, se pueden, en efecto, conocer las hablillas; pero sé por mí misma lo que valen los chismes de una población pequeña, para darles ninguna fe. Eso es la fábula, y yo querría la historia.
—Veo—respondió el cura riéndose,—que no ha olvidado usted la conversación que sorprendió en la víspera de cierta fiesta...
Yo también me reí, pues sabía que la abuela le había contado de cabo a rabo mi escena de la Catedral.
—Comprendo ese rencor—continuó el cura.