—He perdonado, señor cura.

—Muy bien; digamos entonces su memoria. El consejo de referirse a las hablillas corrientes ha sido una broma; nada más falso, con frecuencia, ni más malo siempre. Hay, por otra parte, un medio muy sencillo de formular el distingo que usted busca. Cuando, por ejemplo, ve usted en el mundo una madre de familia cuidadosa de sus deberes, celosa de su dignidad, buena esposa, buena madre, y adicta de una manera absoluta a aquel cuyo nombre lleva, ¿qué piensa usted?

—Que está dentro de su vocación, señor cura.

—Tiene usted razón.

—¡Bonitas cosas dicen ustedes!—exclamó la abuela con repentina energía...—¿Qué cree usted entonces de esas malas cabezas que hacen la desgracia de su matrimonio?... ¿Que no están dentro de su vocación?... Entonces, esa vocación... Señor cura, me hace usted ruborizarme...

—No hay por qué, señora—respondió el cura con un dejo de impaciencia.—Esas malas cabezas, están, sin duda, en su vocación. No se han engañado más que en la línea general que convenía tomar, puesto que estaban hechas para el matrimonio; lo que les ha faltado es el marido que les convenía. Hay mala cabeza con un marido que podía ser una mujer perfecta con otro. Hace usted más el proceso del matrimonio moderno que el del matrimonio en sí mismo, ¿sabe usted, señora?

—Cómo me espanta ese matrimonio en que ninguno de los dos se conoce—murmuré estremeciéndome...

—No hablemos de matrimonios—exclamó el cura.—Estamos en el celibato, hablemos de él... No tenemos más que transportar a las solteronas las cualidades de bondad que admiramos en la mujer casada, para darnos cuenta si está o no en su vocación.

—Eso es muy fuerte—protestó la abuela indignada.—¿Hay, pues, ahora una vocación del celibato?...

—Puede ser—dijo el cura sonriendo. ¿Qué es la vocación sino la atracción que sentimos por una vida especial?... ¿Podemos negar que ciertas almas tienen una simpatía particular por el celibato?