—Pero eso es abominable—exclamó la abuela con espanto.

—No, no tanto como usted supone—respondió el cura un tanto malicioso.—Lo que estoy exponiendo en este momento son las ideas nuevas. Ahora bien, estando casi admitida la vocación al celibato, se puede decir de un modo general que toda solterona agria, malévola y malhumorada es una solterona involuntaria. No le ha faltado más que el matrimonio para hacer de ella una mujer encantadora, puesto que a priori, toda mujer debe ser encantadora...

—Sin embargo, señor cura—repliqué sin recoger la alusión a mí contenida en las últimas palabras,—esa mujer ha podido atravesar pruebas que hayan transformado su carácter...

—No creo que tales causas puedan producir ese efecto. La desgracia eleva a las almas hermosas y no abate más que a los caracteres débiles. Conozco solteronas para quienes la vida ha sido muy dura, y son mujeres casi perfectas. Así, cuando encuentro a una de esas solteronas buena, servicial, contenta con su suerte, benévola en sus juicios y caritativa en palabras y en obras, pienso siempre con satisfacción: He aquí un alma en su vía... Qué rica naturaleza...

—Pero entonces—interrumpí prorrumpiendo en una carcajada muy poco reverente,—si lo que usted dice es exacto, como lo moral influye en lo físico, no hay más que mirar a las solteronas para distinguir la voluntaria de la que no lo es... Una fisonomía animada, una mirada de bondad, una sonrisa satisfecha y una conversación amable, deben ser la característica de la soltera por vocación...

—No tan de prisa—exclamó el cura.—¿Qué hace usted de la enfermedad, que cambia la animación en tristeza, sobre todo en las nerviosas?... ¿Qué de la sordera que ensombrece la mirada y le da una expresión inquieta?... No hay que ser tan categórico. El buen fruto se distingue del averiado por las palabras y los actos. Además, entre las solteras voluntarias y las que no lo son, hay que colocar a las resignadas.

—¡Ah!—dije interesada,—¿en qué se puede reconocer a éstas; en el color de sus cintas, en la flor de sus sombreros, en la armonía de su traje?...

—No—respondió el cura, divertido por mi interés.—Se las conoce... ¿cómo diré yo?... en su resignación, qué diablo... Son blandas, grisáceas, dulces y borrosas. Son más bien cuadros despintados que mujeres de edad...

—Sí, comprendo, señor cura—dije conteniendo la risa,—son las «Flácidas» de la corporación...

Un ruido de pasos, una puerta que se abre, y nuestra conversación queda interrumpida. Celestina, con su voz especial de los jueves—se anuncia todavía en casa de la abuela,—anunció: