—La señorita Sarcicourt.

El cura me echó una mirada rápida que significaba: «Va usted a estudiar en lo vivo.»

Aprovechando las efusiones a que se entregaban la abuela y la señorita Sarcicourt, el padre Tomás se retiró, con gran desesperación de aquellas señoras, que querían retenerle.

—¡Oh! señor cura, soy yo quien le echa... Qué lástima...—murmuraba la señorita Sarcicourt haciendo monadas.

—Nada de eso, nada de eso—respondía el cura, que no entendía de finuras...—Me voy porque me voy... Buenas tardes... Adiós, señoras.

Acompañé al cura hasta la puerta, y sus últimas palabras fueron:

—Sobre todo, no falte usted a la caridad...

Cuando volví al salón, la conversación era ya animada. La de Sarcicourt estaba dando a la abuela una receta exquisita para hacer el pudign con fresas. Volví a ocupar mi puesto, sin intervenir en la tal receta, y me divertí en observar a la señorita Sarcicourt, como si no la hubiera visto nunca.

Unos sesenta años. Alta, flaca, después de haber sido delgada, la señorita Sarcicourt carece de proporciones en lo alto de su larga silueta. Tiene una cabeza de pájaro en un cuello de jirafa. Su cabeza está siempre cubierta con un vasto sombrero de plumas desmayadas, que se agitan en cadencia a cada una de las palabras que pronuncia. La fisonomía de la buena mujer es más bien simpática, sus frases son bastante benévolas y sus recetas culinarias, en las que sobresale, son exquisitas. Los ojos azules, que fueron hermosos, según asegura la abuela, y la sonrisa, que debió de ser encantadora, son, por el momento, los primeros muy tiernos y la segunda profundamente melancólica. Se ve el alma no comprendida a la que ha faltado el alma hermana para ser dichosa... ¡Pobre señorita Sarcicourt!...

La clasifico inmediatamente y la clavo con un alfiler en mi colección: «Resignada en toda la línea. Inútil profundizar. Alma grisácea, dulce, borrosa, cuadro despintado...»