Iba, sin embargo, a escuchar la conversación comenzada para comprobar mi impresión con todo conocimiento de causa, cuando Celestina introdujo nuevas visitantes:
—La señorita Bonnetable.
—La señora y la señorita Dumais.
De un salto estuve en los brazos de Francisca y le expliqué en dos palabras mi estudio del natural y mi deseo de no tomar posesión aquella tarde del rincón de las malas cabezas. Francisca me echa una mirada de pesar, lanzando un suspiro hacia nuestro querido biombo, y un gesto hacia la señorita Bonnetable. Mi amiga se inclina con su gracia habitual ante la abuela, que la besa en la frente, y va a sentarse a mi lado después de haber yo saludado a las recién llegadas y preguntado por Pomme, la gata favorita de la señorita Bonnetable, y por Loustic, su perro.
La Bonnetable no se parece en nada a la Sarcicourt, de la que es casi contemporánea. Pequeña y corta, la primera parece un tambor mayor con las piernas cortadas, pues goza de una estatura desmesuradamente larga, con relación a los miembros inferiores. En pie es una enana; sentada parece inmensa. Su voz, retumbante, hace eco en todos los departamentos que tienen la suerte de recibirla; habla alto y firme y no admite que se discuta con ella. Sus palabras adquieren así una importancia capital, y todos la escuchan con respeto. Pero si cuando habla sabe tomar aspecto de maza, cuando se calla es todavía más aterradora; su silencio es de plomo.
—¿Qué hay de nuevo, señoras?—preguntó en cuanto estuvo sentada.—Supongo que sabrán ustedes que la doncella de la Courtin deja a su ama...
—¿De veras?—exclamó la señorita Sarcicourt.
—Es un desagradable acontecimiento para esa buena señora de Courtin...
—¡Buena!... ¡Buena!...—replicó la Bonnetable, ya a la defensiva.—Si lo que se dice es verdad, la de Courtin no tiene nada de buena...
—Me asombra usted—exclamó la de Dumais.