—Figúrense ustedes, señoras...

—La señora y la señorita Aimont—anunció Celestina en este momento.

Corrí a recibir a Paulina, una de mis buenas amigas, y la coloqué al lado de Francisca, después de haberme inclinado delante de la de Aimont, que me respondió con un vigoroso shake-hand.

Muy amable y jovial la señora de Aimont. No tiene más que un sueño: casar a su hija... Pero Paulina tiene 10.000 pesos de dote y cree que con esa suma puede conquistar un yerno en una posición fantásticamente hermosa. Lo que la de Brenay y Petra sueñan en aristocracia o en dinero, la de Aimont lo desea en posición. No tiene más que estas palabras en la boca:

—Mi hija se casará con una posición.

Si se la incita un poco, se la obliga a precisar:

—Mi hija no se casará más que con un forastero. En Aiglemont no hay posiciones...

Todos aquí compadecen a esta pobre muchacha destinada a casarse con un forastero. Es cosa corriente, como un proverbio, que no hay en Aiglemont ninguna situación digna de la señorita Aimont, y la interesada, que es de mi edad, no es pedida con frecuencia en matrimonio. Los que pudieran arriesgarse no se atreven, y los que serían aceptados no se presentan.

Paulina sufre con invariable buen humor los inconvenientes de tener una madre demasiado ambiciosa y acepta por adelantado la famosa posición venidera. A todo lo que dice su madre, responde dócilmente:

—Sí, mamá.