Su bonita y agradable cara no refleja más que sentimientos amables y plácidos. Sin ser preciosa, no es fea, y hasta se parece bastante a un bombón pequeñito, rosado y apetitoso. Lo que le da sobre todo ese aspecto es la falta de expresión de su mirada. Sus ojos grises están invariablemente tranquilos y como fijos en el blanco lechoso que los rodea. Francisca, que tiene para cada cual su frase picante, exclamó un día dirigiéndose a Paulina:
—Lo que tú tienes no son ojos, sino linternas sordas...
La frase ha hecho fortuna y es corriente, cuando se habla de Paulina, el decir, para distinguirla de su prima del mismo nombre, «la de las linternas sordas.» Su madre lo sabe y es la primera en reírse.
—Linternas de 10.000 pesos—exclamó.—No está tan mal. ¡Cuántas cosas se pueden alumbrar con ellas!...
Se reanudó la conversación en cuanto se dieron noticias de la salud de todas, y se supo al fin que la de Courtin pesaba el pan a su doncella, le medía el vino y no dejaba a su disposición ni el más pequeño terrón de azúcar.
—Si esa muchacha se hubiera puesto mala en la noche, decía la Bonnetable en tono trágico, no hubiera tenido azúcar para hacerse una infusión...
Era lamentable, en efecto.
En resumen, después de diversas peripecias en las que el vino se mezclaba con el azúcar y el pan, la doncella se había despedido.
Debió hacerlo antes...
—¿No hay ningún matrimonio en el horizonte?—preguntó la de Aimont queriendo llevar la conversación a su asunto favorito.