— He hecho todo lo posible hasta ahora. Ha sido un fastidio toparnos con este problema cuando estábamos a punto de llegar a nuestra meta. Espero que no suframos una decepción a estas alturas; Barlennan aún no cree todo lo que decimos. Ojalá alguien pudiera explicar esa ilusión del horizonte alto, para satisfacción de el… y mía. Eso podría disuadirlo de la idea de que su mundo es un cuenco, y de que nuestra afirmación de que venimos de otro mundo es en parte una superstición nuestra.

— ¿Quieres decir que no entiendes por que se ve más alto? — exclamó asombrado uno de los meteorólogos.

— No del todo, aunque comprendo que la densidad del aire tiene algo que ver…

— Pero si es muy sencillo.

— No para mí.

— Es sencillo para cualquiera. Tú sabes que la capa de aire caliente que hay encima de una carretera en un día soleado, curva la luz del cielo hacia arriba y en cierto ángulo, debido a que el aire caliente es menos denso y la luz viaja más rápida en él; en consecuencia, cuando ves el reflejo del cielo, te parece que es agua. En la Tierra a veces tienes espejismos más vastos, pero todos se basan en el mismo principio: una «lente» o «prisma» de aire mas frío o más caliente refracta la luz. En este caso, el fenómeno es el mismo, pero la causa es la gravedad; incluso el hidrógeno pierde densidad rápidamente cuando te elevas desde la superficie de Mesklin. La baja temperatura ayuda, por supuesto.

— Si tú lo dices, debe de ser verdad. Yo no soy… — Lackland no pudo redondear la frase.

Rosten interrumpió con voz huraña.

— ¿Cuánto baja esa densidad con la altitud?

El meteorólogo extrajo una regla de calculo del bolsillo y la manipuló en silencio unos instantes.