— Me temo que tardaras mucho en llegar allá.
— No demasiado; por alguna razón, a lo largo del risco el viento sopla en la dirección hacia donde queremos ir. No ha cambiado de rumbo ni de intensidad desde que llegamos, hace veinte días. No es tan fuerte como un viento marino, pero empujara el Bree corriente arriba… si el río no cobra demasiado ímpetu.
— Al menos no se vuelve mucho más angosto en el trayecto que recorrerás. Si aumenta la velocidad, será porque pierde hondura. Solo podemos asegurarte que las fotografías no presentan indicios de rápidos.
— Muy bien, Charles. Zarparemos en cuanto lleguen las partidas de cazadores.
Una a una, las partidas regresaron a la nave, todas con algunos alimentos pero sin ningún informe interesante. Aquella campiña ondulante se extendía en todas direcciones; los animales eran pequeños, los arroyos escasos, y la vegetación rala, excepto alrededor de los pocos manantiales. La moral estaba un poco baja, pero mejoró con la noticia de que el Bree reanudaría el viaje. Los pocos objetos que habían sido desembarcados volvieron a ser cargados rápidamente en las balsas, y la nave se internó en la corriente.
Por un momento bogó a la deriva hacia el mar, mientras izaban las velas; luego aquel viento extrañamente uniforme las hinchó, y la nave avanzó contra la corriente, internándose despacio en zonas desconocidas del mayor planeta que el hombre había intentado explorar.
16 — EL VALLE DEL VIENTO
Barlennan esperaba que las márgenes se volvieran más yermas a medida que la nave avanzaba corriente arriba, pero ocurría lo contrario. Matas de plantas achaparradas, semejantes a pulpos, se aferraban al suelo en ambas orillas, excepto donde el risco de la izquierda se aproximaba tanto al río que no les dejaba espacio. Al cabo de ciento cincuenta kilómetros de travesía, encontraron varios riachuelos que desembocaban en el río principal; y varios tripulantes juraron haber visto animales deslizándose entre las plantas. El capitán sintió la tentación de enviar una partida de caza y aguardar su retorno, pero dos razones lo disuadieron. Una era el viento, que soplaba hacia donde él quería; la otra era el afán de llegar al final del trayecto y examinar la milagrosa máquina que los Voladores habían instalado y perdido en los yermos polares de ese mundo.
A medida que continuaba el viaje, el viento sorprendía cada vez más al capitán; nunca había visto un viento que soplara en la misma dirección durante más de doscientos días.
Pero éste no sólo mantenía el rumbo, sino que viraba siguiendo la curva del risco, de modo que siempre daba contra la popa.