— Si — admitió Barlennan.

— Muy bien, pues. El hecho de que la temperatura sea mas alta significa que tu aire no pierde densidad tan rápidamente con la altitud… Se podría decir que la atmósfera entera se expande. Se expande, y se vierte en ese cuenco que tienes al lado como agua en un plato de sopa que se hunde. Luego pasas el equinoccio vernal, las tormentas mueren, y Mesklin empieza a alejarse del sol. Todo se enfría, y la atmósfera se encoge de nuevo.

Pero el cuenco ha atrapado mucho calor, y su presión de superficie es ahora mas alta que en un nivel similar del exterior del cuenco. Buena parte de ese calor desborda y se aleja del risco en el pie, pero la rotación del planeta lo desvía hacia la izquierda. Eso explica el viento que te impulsó. El resto es esta ventolera que acabas de cruzar, que escapa del cuenco por la única fisura y crea un vacío parcial en ambos lados de la hendidura, de modo que el viento tiende a precipitarse hacia allí desde todas partes. ¡Es simple!

— ¿Pensaste todo eso mientras yo cruzaba el vendaval? — pregunto secamente Barlennan.

— Claro… se me ocurrió de golpe. Por eso estoy seguro de que allá arriba el aire es más denso de lo que esperábamos. ¿Entiendes?

— Francamente, no. Sin embargo, lo aceptaré si tú estas satisfecho. Cada vez confió más en vuestros conocimientos. No obstante, con teoría o sin ella, ¿qué significa esto en la práctica? Trepar por la cuesta afrontando ese viento no será cosa de broma.

— Me temo que deberéis hacerlo. Quizás amaine eventualmente, pero pasaran unos meses hasta que el cuenco se vacíe… tal vez un par de años terrícolas. Si es posible, Barlennan, creo que vale la pena intentar el ascenso sin demora.

Barlennan reflexionó. En el Borde, semejante huracán arrastraría a un mesklinita y lo haría desaparecer en pocos instantes; pero en el Borde ese viento no podía formarse, pues el aire apresado en el cuenco pesaría mucho menos que aquí. Hasta Barlennan comprendía eso.

— Iremos ahora — informó a través de la radio, antes de volverse para dar ordenes a la tripulación.

El Bree cruzó la corriente, ya que Barlennan había atracado en la orilla opuesta a la meseta. Una vez allí, lo sacaron del río y sujetaron las amarras a estacas, pues en aquel paraje rocoso no había plantas que pudieran resistir lo suficiente. Nombraron a cinco marineros para que permanecieran en la nave; los demás se colocaron los arneses, sujetaron las cuerdas de sus mochilas a ellos, y se pusieron en marcha hacia la pendiente.