El piloto era demasiado buen amigo para que la pregunta resultara impertinente, aunque algunos capitanes se habrían ofuscado ante semejante objeción. Barlennan agitó las pinzas de un modo que denotaba una sonrisa.
— Tienes razón. Sin embargo, quiero ahorrar tiempo, y la Colina del Volador está a sólo un kilómetro.
— Pero… — Además, está a favor del viento. Tenemos mucha cuerda en los armarios; me haré sujetar dos al arnés, y dos de los hombres aflojarán las cuerdas a través de las bitas a medida que avanzo. Terblannen y Hars se encargarán de ello bajo tu supervisión, Dondragmer. Es probable que yo pierda pie, pero si el viento cobrara tanta fuerza como para romper una buena cuerda marina, el Bree ya estaría kilómetros tierra adentro.
— Pero, con sólo perder pie…, supón que te elevaras en el aire… — Dondragmer aún estaba preocupado, y ese pensamiento turbó incluso a su capitán.
— Una caída, sí. Pero recuerda que estarnos cerca del Borde. Sobre el Borde, dice el Volador, y le creo cuando miró hacia el norte desde la cima de la Colina. Como algunos habéis descubierto, una caída aquí no significa nada.
— Pero ordenaste que actuáramos como si tuviésemos peso normal, para no crear hábitos que resultarían peligrosos cuando regresemos a una tierra habitable.
— Es verdad. De todas formas, esto no me creará hábitos, pues en un sitio razonable ningún viento me alzaría por los aires. De cualquier modo, haremos lo que he dicho.
Terblannen y Hars revisarán los cables… No, revísalos tú mismo. Llevará bastante tiempo.
Eso es todo por ahora. El grupo que está bajo el refugio puede descansar. El grupo de cubierta revisará anclas y correas.
Dondragmer, que pertenecía al segundo grupo, tomó la orden como un permiso para alejarse y procedió a cumplirla con su eficiencia habitual. También puso a algunos tripulantes a sacar nieve de los espacios entre las balsas, pues conocía de sobras las posibles consecuencias de un deshielo seguido de un congelamiento. Barlennan se relajó, preguntándose qué ancestro sería responsable de su costumbre de meterse en situaciones desagradables de las que no podía escabullirse con elegancia.