Ahora veía la orilla más cercana y la marca que habían dejado al arrastrar el Bree; poco mas allá estaba el Bree, sin modificaciones, con los marineros tendidos en las balsas o moviéndose despacio en la orilla vecina. Por un instante, Barlennan se olvidó de la altura y avanzó un poco más para llamarlos. La cabeza le asomó sobre el borde.
Y miró directamente hacia abajo.
Había creído que subir al techo del tanque era la experiencia más espantosa — al principio— que había sufrido. Ahora no sabía si el risco era peor. Barlennan no supo cómo se alejó del borde, y nunca preguntó a sus hombres si había necesitado ayuda. Cuando recobró la compostura, estaba a dos metros del borde, aún temblando e inseguro de sí.
Tardó días en recobrar su personalidad normal y su lucidez.
Al final comprendió lo que tenía que hacer. Mirar el barco no había sido problema; la dificultad se presentaba cuando sus ojos seguían una línea entre su posición y aquel punto remoto de allá abajo. Los terrícolas se lo sugirieron, y Barlennan, tras recapacitar, lo aceptó. Eso significaba que era posible hacer todo lo necesario; podían hacer señas a los marineros de abajo y tirar de las cuerdas, mientras no mirasen hacia abajo en línea recta.
Mantener la cabeza a cierta distancia del borde era la clave de la cordura y la supervivencia.
Dondragmer no había visto la cara del capitán durante su breve aparición, pero sabía que el otro grupo había llegado a la cima del risco. Los Voladores lo habían mantenido al corriente. El y su tripulación comenzaron a escudriñar el borde de la pared de roca mientras los de arriba empujaban una mochila hasta el borde y la mecían de un lado a otro. Al fin la vieron desde abajo, casi exactamente encima del barco. Antes del mareo, Barlennan había notado que no estaban exactamente en el mismo lugar, y al mostrar la señal se había corregido el error.
— De acuerdo, os tenemos — informó Dondragmer en inglés, y la frase fue retransmitida por uno de los hombres del cohete.
El marinero, aliviado, dejó de agitar la mochila vacía, la apoyó en el borde para que continuara siendo visible y se alejó del abismo. Entretanto, desenrollaron la cuerda que habían llevado y sujetaron un extremo a una roca. Barlennan supervisó estrictamente la operación; si perdían la cuerda, los que estaban en la meseta se morirían de hambre. Una vez satisfecho, hizo llevar el resto del cable hasta el borde, y dos marineros empezaron a bajarlo despacio. Dondragmer seguía la operación, pero no apostó a nadie debajo para coger la cuerda. Si alguien se resbalaba arriba y la cuerda caía, quien estuviera abajo lo pasaría mal, por ligero que fuera el cable. Aguardó a que Barlennan le comunicara que ya habían desenrollado toda la cuerda; luego, él y los demás tripulantes fueron hasta el pie del risco para buscarla. El cable sobrante había formado un bulto en el duro suelo.
Dondragmer cortó el exceso, lo enderezó y lo midió. Ahora tenía una idea muy precisa de la altura del risco, pues durante la larga espera le había dado tiempo a cotejar la longitud de las sombras.