La cuerda sobrante no tenía longitud suficiente para llegar de nuevo a lo alto del risco, así que el piloto cogió otro rollo en el Bree, comprobó su longitud, lo unió al tramo que colgaba del risco e informó a los terrícolas que Barlennan podía comenzar a jalar.
Fue una dura faena, pero no demasiado para los vigorosos seres de arriba; en un tiempo relativamente breve, la segunda cuerda estuvo en la cima del risco y los peores temores del capitán se aplacaron. Ahora, si perdían una cuerda, al menos contaban con otra de repuesto.
La segunda carga fue muy diferente de la primera, al menos en lo referente a izarla.
Era un paquete atiborrado de alimentos, y pesaba tanto como un marinero. Normalmente, un mesklinita no podía levantar ese peso en aquella zona del planeta, y el grupo de Barlennan era relativamente pequeño. Sujetando la cuerda alrededor de una roca y descansando con frecuencia, lograron izar la carga. Una vez finalizada la operación, comprobaron que el roce contra la roca y el borde del risco había deteriorado la cuerda.
Era preciso hacer algo; mientras el grupo celebraba el fin del racionamiento, Barlennan decidió qué. Después del festín, impartió las órdenes adecuadas al piloto.
Las cargas sucesivas, siguiendo las instrucciones de Barlennan, consistieron en mástiles, travesaños, más cuerda y varias poleas como las que habían utilizado para arriar el Bree en el risco del distante ecuador. Construyeron un trípode y una cabria similares a los que ya habían usado, actuando con mucha cautela, pues era preciso levantar las piezas para sujetarlas y el viejo temor a permanecer debajo de objetos sólidos había recobrado toda su fuerza. De todos modos, como los mesklinitas no podían elevarse mucho desde el suelo, sujetaron casi todas las piezas tendidas en tierra; luego pusieron la estructura en posición, utilizando estacas y rocas a modo de palancas y fulcros respectivamente. Un equipo similar de hombres, trabajando en condiciones normales, habría realizado una tarea similar en una hora; los mesklinitas tardaron mucho más, pero ninguno de los observadores humanos pudo culparlos.
El trípode quedó ensamblado y erigido a cierta distancia del borde, luego lo colocaron en una posición conveniente y le apuntalaron las patas con piedras que los observadores humanos consideraron guijarros. La polea más pesada fue unida al extremo de un mástil con la mayor firmeza posible; tras pasar una cuerda, elevaron el mástil a fin de que un cuarto de su longitud se proyectara sobre el abismo, mas allá del trípode. El extremo interior también fue reforzado con guijarros. Esta tarea llevó mucho tiempo, pero valió la pena. Al principio se utilizó un sola polea, por lo que los tripulantes aún debían manejar un peso equivalente al de un individuo; pero la fricción se eliminó en gran parte, y una cornamusa añadida al extremo interior del mástil simplificó el problema del sostén mientras la gente descansaba.
Poco a poco, subieron las provisiones, mientras los de abajo cazaban y pescaban sin cesar para mantener el suministro.
Las vituallas ya superaban lo que una persona podía acarrear; Barlennan planeaba ir dejando reservas a lo largo de la ruta hasta el cohete. Pensaban que el viaje no sería tan largo como el realizado desde la fisura, pero la estancia en la zona de la máquina varada sería prolongada, y debían aprovisionarse para evitar problemas. Barlennan hubiera deseado disponer de más hombres en la meseta, para dejar a algunos con la cabria y llevarse a otros consigo; pero esto presentaba algunas dificultades prácticas. Un nuevo grupo tardaría demasiado en escalar hasta la grieta, trepar y llegar al lugar donde ellos estaban. Nadie quería pensar en otra alternativa; Barlennan si la pensó, por supuesto, pero el experimento realizado por un tripulante la transformó en un tema difícil de abordar.
Ese individuo, tras obtener la aprobación del capitán — una aprobación que Barlennan lamentó mas tarde— y pedir a los de abajo que se alejaran, hizo rodar un guijarro del tamaño de una bala hasta el borde del risco y le dio un empellón. Los resultados fueron interesantes para mesklinitas y humanos. Los segundos no vieron nada, pues el único visor del pie del risco aún estaba a bordo del Bree y, en consecuencia, demasiado alejado del punto de impacto; pero lo oyeron tan bien como los nativos. En realidad, también lo vieron casi igual, pues a ojos de los mesklinitas el guijarro simplemente desapareció: