Ninguno de ellos se consideraba aún experimentado en viajes terrestres como para calcular con precisión la distancia recorrida, y todos estaban habituados a tardar mas de lo previsto; el grupo, pues, recibió una grata sorpresa cuándo un cambio en el paisaje rompió la monotonía del desierto de piedra. No era exactamente el cambio que habían esperado, pero aun así les llamó la atención.

Estaba justo frente a ellos, y por un instante algunos se preguntaron si por alguna razón incomprensible habrían andado en círculos. Una larga pendiente de tierra y canto rodado se extendía entre las rocas. Era casi tan alta como la rampa que habían construido para el puesto de observación, pero, al aproximarse, vieron que se extendía mucho más lejos a ambos lados. Cubría los pedrejones como una ola oceánica petrificada; aun los mesklinitas, nada habituados a los cráteres de explosiones o meteoritos, veían que el material había saltado desde mas allá de la pendiente.

Barlennan, que había visto aterrizar varias veces los cohetes de Toorey, comprendió la causa de ello incluso antes de que la partida llegara a la loma. En líneas generales, su suposición era correcta, aunque se equivocaba en los detalles.

El cohete se erguía en el centro de la oquedad cóncava que había cavado con el feroz chorro de las toberas. Barlennan recordó la nieve que se arremolinaba cuando el cohete de carga descendía cerca de la colina de Lackland. La potencia utilizada aquí para que esa máquina se posara debía de ser mucho mayor, a pesar de que la nave fuera mucho más pequeña. No había rocas grandes alrededor; solo algunas amontonadas en los costados del cuenco. El interior del terreno estaba libre de guijarros; el proyectil había horadado el suelo, de modo que de sus seis metros de longitud solo un par asomaban sobre las rocas que cubrían la planicie.

El diámetro de la base era casi tan grande como la altura, y no variaba durante dos tercios de la longitud. Esa parte, explicó Lackland cuando instalaron el visor ante el cráter, era la que albergaba el motor.

La parte superior de la máquina presentaba forma de huso y finalizaba en una punta roma; allí se encontraba el instrumental que representaba tan tremenda inversión en tiempo, esfuerzo intelectual y dinero por parte de muchos mundos. Había una serie de aberturas, pues no se habían molestado en hacer compartimentos herméticos. Los instrumentos que debían funcionar en el vacío o en una atmósfera especial estaban sellados individualmente.

— Dijiste una vez, cuando aquella explosión estropeó el tanque, que aquí debía de haber ocurrido algo similar — dijo Barlennan —. No veo indicios de ello; además, si los orificios que veo estaban abiertos cuando aterrizó, ¿cómo pudo el oxígeno causar una explosión? Me dijiste que entre los mundos no había aire, y que el que hubiera escaparía por cualquier orificio.

Rosten intervino antes de que Lackland pudiera responder. El y el resto del grupo estaban examinando el cohete en las pantallas.

— Barl tiene razón. Lo que causó el problema no fue una explosión de oxígeno. No sé que fue. Tendremos que estar alerta cuando entremos, con la esperanza de hallar el problema… De todos modos, no es algo crucial, salvo para quienes deseen construir otro artefacto similar. Propongo que nos pongamos a trabajar; me acosa una horda de físicos ávidos de información. Es una suerte que hayan encomendado esta expedición a un biólogo; a partir de ahora, ningún físico tendrá tiempo libre.

— Tus científicos tendrán que armarse de paciencia — exclamó Barlennan —. Pareces haber olvidado algo.