— No, pero… Hum. Creo que entiendo a que te refieres. Un momento.
El capitán miró a su alrededor con atención. Había varias rocas cerca, la mas alta de las cuales, como él había dicho, tenía unos dos metros; entre ellas estaban aquellos guijarros que parecían enmoquetar toda la meseta. Si Barlennan hubiera poseído sólidos conocimientos de geometría, quizá no hubiera tomado la decisión que tomó; pero, sin tener idea del volumen del material de construcción que se proponía utilizar, decidió que la idea de Lackland era atinada.
— Lo haremos, Charles. Hay suficientes cantos rodados y tierra para construir lo que deseamos.
Se apartó de la radio y describió el plan a los marineros.
Avanzaron sin prisa pero sin pausa. Como indicio de la tardanza, una parte del grupo tuvo que desandar el camino marcado para traer alimentos, algo que había sido innecesario en la caminata de mil doscientos kilómetros desde la fisura; pero, finalmente, alguien llegó a la cumbre de la roca, quizá por primera vez desde que las energías internas de Mesklin habían empujado la meseta hasta su actual elevación. La rampa se extendía a ambos lados del punto de acceso; nadie se aproximó al otro lado de la roca, donde la pendiente era más abrupta.
Desde esa nueva perspectiva se cumplió la predicción de Lackland: al cabo de meses de viaje y peligro, el objetivo de la expedición estuvo a la vista. Barlennan hizo subir el visor por la rampa para que los terrícolas también pudieran verlo; y, por primera vez en más de un año terrícola, el rostro de Rosten perdió su hosquedad habitual. No había mucho que ver; tal vez una pirámide egipcia, laminada de metal y situada a cierta distancia, habría presentando un aspecto similar al cono romo que se elevaba por encima de las piedras. No se parecía al cohete que Barlennan había visto antes; en realidad, no se parecía a ningún cohete que se hubiera construido a veinte años luz de la Tierra; pero evidentemente era algo que no pertenecía al paisaje normal de Mesklin, e incluso los expedicionarios que no habían pasado meses en la superficie del monstruoso planeta sintieron que se quitaban un peso de encima.
Barlennan, aunque complacido, no compañía el embeleso que ya alcanzaba niveles de euforia en Toorey. Estaba mejor situado para calcular lo que se interponía entre él y el cohete que quienes lo veían por televisión. La zona no parecía peor de la que ya habían atravesado, aunque desde luego tampoco era mejor. Además, ya no contarían con la ayuda de los terrícolas; y ni siquiera desde la nueva perspectiva lograba ver cómo mantendrían su línea de marcha durante los dos kilómetros que debían recorrer. Los humanos ya no conocían el rumbo, así que su método no funcionaría. ¿O si? El podía indicarles cuándo el sol estaba en la dirección correcta, y ellos lo llamarían cada vez que siguiera el mismo rumbo. Llegado el caso, un marinero podía apostarse allí y brindarle esa información sin molestar a los Voladores. Pero ahora contaba con una sola radio, y no podía tenerla en dos sitios al mismo tiempo. Por primera vez, Barlennan echo de menos el equipo que había dejado en manos de los moradores del río.
Luego pensó que quizá no necesitara una radio. El aire no era buen portador del sonido en ese lugar (la atmósfera más tenue de la meseta era la única peculiaridad que habían detectado los marineros), pero la voz mesklinita, como Lackland había señalado, era algo que había que oír para creer. El capitán decidió intentarlo; apostaría a un marinero en aquella plataforma de observación, encomendándole la misión de roncar con todas las fuerzas que sus músculos pudieran reunir alrededor del sifón natatorio cada vez que el sol pasara justo por encima del cono reluciente que constituía el objetivo de la expedición.
Marcarían el camino como antes, para que el vigía pudiera seguirlos cuándo los demás llegaran.
Barlennan expuso esta idea al grupo. Dondragmer señaló que, por la experiencia pasada, era posible que aun así se desviaran en exceso hacia un lado, pues no habría manera de realizar correcciones ante errores acumulados, como habían hecho con los terrícolas; el hecho de que la voz del vigía no resonara en dirección exactamente opuesta al sol no significaría nada en aquel paraje lleno de ecos. Sin embargo, admitió que era la idea más viable y que presentaba muchas probabilidades de conducirlos a su destino. Se escogió a un marinero, pues, para que actuara como vigía, y se reanudó el viaje en esa nueva dirección.