Los setenta kilómetros pasaron lentamente bajo sus numerosos pies, pero pasaron al fin. Los humanos, como decía Lackland, habían hecho todo lo posible; por lo que ellos sabían, Barlennan ya debía de estar cerca de la máquina. Sin embargo, tanto el visor como la voz del capitán le indicaban que no era así, lo cual no le sorprendió.

— No podemos informarte mejor, Barl. Conociendo a nuestros especialistas en matemáticas, te juro que estás a diez kilometres de ese artefacto, o quizás a mucho menos. Tú sabrás organizar a tus hombres mejor que yo para emprender la búsqueda.

Haremos todo lo posible por ayudarte, pero a estas alturas ya no se me ocurre nada.

¿Qué planeas?

Barlennan guardó silencio antes de responder. Un círculo de diez kilómetros es una superficie demasiado vasta cuando la visibilidad media es de tres o cuatro metros. Podría abarcar más territorio si desperdigaba a los suyos, pero correría el riesgo de perder a algunos. Le expuso el problema a Lackland.

— El cohete tiene seis metros de altura — señaló Lackland —. En la práctica, pues, tu campo visual es mayor del que dices. Si pudieras trepar a una de esas rocas grandes, tal vez verías la nave desde donde estás… Eso es lo más irritante de esta situación.

— Desde luego, pero no podemos hacerlo. Las rocas grandes tienen dos metros de altura; aunque pudiéramos escalar por esos flancos casi verticales, ni yo volvería a mirar hacia abajo por una pared vertical, ni haré que mis hombres corran ese riesgo.

— Sin embargo; escalaste por aquella grieta hasta la meseta.

— Eso fue diferente. En ningún momento estuvimos junto a una pendiente abrupta.

— En tal caso, si una pendiente similar condujera a la cima de una de esas rocas, ¿no te molestaría alejarte tanto del suelo?