«Me temo que tendréis que enterrar el cohete por completo, hasta el nivel mas alto que contenga instrumental, y luego cavar hacía abajo. Quizá sea aconsejable extraer la maquinaria de cada sector a medida que termináis; eso reducirá la carga al mínimo. A fin de cuentas, sólo quedará un esqueleto de aspecto frágil cuando saquéis todas esas láminas, y prefiero no imaginar qué le ocurriría soportando el peso de todo el instrumental bajo setecientas gravedades.
— Entiendo. — Barlennan tardó un rato en continuar —. ¿No se te ocurre otra alternativa?
La que has expuesto implica, como bien señalas, una ardua labor.
— De momento, no. Seguiremos tu recomendación y pensaremos hasta que el vigía llegue desde el puesto de observación. Sin embargo, sospechó que trabajamos con una gran desventaja. Me parece improbable que se nos ocurra una solución que no exija la utilización de máquinas que no podemos hacerte llegar.
El sol continuó surcando el cielo a poco mas de veinte grados por minuto. Hacía rato que habían llamado al vigía para anunciarle el descubrimiento, y supuestamente ya estaba en camino. Los marineros se dedicaron a descansar y a distraerse; todos descendieron por la suave pendiente de la zanja que habían cavado las toberas, para examinar el cohete de cerca. Eran demasiado inteligentes para atribuir esta operación a la magia, pero aun así los sobrecogía. No entendían los principios operativos, aunque podrían haber intuido algo si Lackland se hubiera preguntado por qué una raza que no respiraba podía hablar en voz alta. Los mesklinitas poseían una disposición de sifón bien desarrollada, semejante a la de los cefalópodos terrícolas, pues sus ancestros anfibios la habían empleado para nadar a gran velocidad; les servía como fuelle para cada conjunto de cuerdas vocales terrícolas, pero aun podían usarla para su función original. La naturaleza los había dotado bien para comprender el principio del cohete.
La falta de comprensión no era lo único que suscitaba el respeto de los marineros. Los miembros de esa raza construían ciudades y se consideraban buenos ingenieros; pero las murallas más altas que habían levantado se elevaban a ocho centímetros del suelo. Los edificios de varios pisos, y los techos que no consistieran en paños de tela, chocaban violentamente contra su instintivo temor a tener materiales sólidos encima. Las experiencias de este grupo habían contribuido a transformar esa actitud de temor irracional en un respeto inteligente por el peso, pero el hábito persistía. El cohete era ochenta veces mas alto que cualquier estructura artificial que hubiera creado esa raza; así pues, era inevitable que la contemplaran con veneración.
Cuando llegó el vigía, Barlennan regresó a la radio, pero no había surgido ninguna idea mejor, cosa que no le sorprendió. Desechó las disculpas de Rosten y se puso a trabajar con sus tripulantes. Los observadores ni siquiera sospechaban la posibilidad de que su agente tuviera ideas propias sobre el cohete.
Extrañamente, la tarea no fue tan dura ni tan prolongada como todos habían esperado.
La razón era simple; la roca y la tierra arrancadas por las toberas estaban flojas, pues el aire tenue de la meseta no las apisonaba. Un ser humano, utilizando el anulador de gravedad que los científicos esperaban desarrollar mediante los conocimientos escondidos en el cohete, no habría podido clavar una pala, pues la gravedad era un buen agente de apisonamiento; estaba floja solo según las pautas mesklinitas. Grandes terrones resbalaban por la pendiente interior de la fosa hasta la pila que crecía alrededor de la nave; los guijarros eran extraídos del suelo e impulsados con un ronquido de advertencia. El ronquido era necesario, pues descendían a tal velocidad que el ojo humano no podía seguirlos, y por lo general quedaban enterrados por completo en la pila de tierra removida.
Aun los observadores más pesimistas comenzaron a pensar que ya no podían sobrevenir mas contratiempos, a pesar de las muchas decepciones que habían sufrido sus expectativas. Ahora observaban con creciente alegría mientras el metal brillante del proyectil de investigación se hundía cada vez mas en la pila de roca y tierra hasta desaparecer por completo, a excepción de un cono de treinta centímetros que indicaba el nivel más alto donde habían instalado instrumentos.