Los mesklinitas dejaron de trabajar, y la mayoría de ellos se alejó del túmulo. Habían acercado el visor, que ahora enfocaba la protuberancia de metal, donde se veía parte de la línea delgada que trazaba una escotilla de acceso. Barlennan se tendió frente a la entrada, al parecer aguardando instrucciones para abrirla; y Rosten, tan tenso como todos los demás, se lo explicó. Había cuatro tornillos de desconexión rápida, uno en cada esquina de la placa trapezoidal. Los dos superiores estaban a la altura de los ojos de Barlennan; los otros se hallaban quince centímetros mas abajo del nivel actual del montículo. Normalmente se liberaban empujando hacia dentro y dando un cuarto de vuelta con un destornillador de hoja ancha; parecía probable que las pinzas mesklinitas pudieran efectuar la misma operación. Barlennan, volviéndose hacia la placa, descubrió que así era. Las anchas cabezas con ranura giraron dócilmente y saltaron hacia fuera, pero la placa no se movió.

— Será mejor que sujetéis cuerdas a una o ambas cabezas, para poder jalar de la placa a una distancia prudente cuando hayáis cavado lo suficiente y la hayáis liberado — indicó Rosten —. No queremos que caiga encima de nadie; ésta tiene un grosor de seis milímetros, pero las de abajo son bastante mas gruesas.

Los mesklinitas aceptaron la sugerencia y excavaron deprisa hasta que el borde inferior de la placa quedó al descubierto. Los tornillos de abajo tampoco presentaron problemas, y poco después un fuerte tirón de las cuerdas desprendió la placa del fuselaje del cohete.

Primero se percibió un movimiento hacia fuera; luego desapareció de pronto y reapareció en posición horizontal, mientras una especie de escopetazo llegaba a oídos de los observadores. El sol, alumbrando el casco recién abierto, mostró claramente el único aparato del interior; los hombres de la sala de pantallas y del cohete de observación lanzaron un hurra.

— ¡Muy bien, Barlennan! Te debemos mas de lo que podemos expresar. Si retrocedes y nos dejas tomar una fotografía, te daremos instrucciones para extraer el instrumento y llevarlo hasta la lente.

Barlennan no respondió de inmediato; sus actos hablaron antes que sus palabras.

En vez de apartarse de la lente, reptó hacia ella e hizo girar el visor para apuntar hacia el lado opuesto.

— Antes debemos discutir ciertos asuntos — dijo en voz baja.

19 — UN NUEVO TRATO

Un silencio de muerte reinaba en la sala de pantallas. La cabeza del pequeño mesklinita llenaba la pantalla, pero nadie podía interpretar la expresión de aquel «rostro» inhumano. Nadie sabía qué decir; preguntar a Barlennan a qué se refería era desperdiciar palabras, pues obviamente se proponía decirlo. Barlennan aguardo un largo instante antes de recobrar el habla; y cuando lo hizo, utilizo un inglés mejor del que Lackland creía que había aprendido.