— Doctor Rosten, hace unos minutos dijiste que nos debías mas de lo que podías pagarnos. Entiendo que tus palabras eran muy sinceras en un sentido, pues no dudo por un instante de tu gratitud. Pero en otro sentido eran pura retórica. No tienes intenciones de darnos más de lo que acordaste, es decir, información sobre el tiempo, orientación a través de los mares, y quizá la asistencia material que Charles mencionó hace un tiempo en relación con la recolección de especias. Comprendo que según vuestro código moral no tengo derecho a más; hice un pacto y debo atenerme a él, sobre todo porque vuestra parte del trato está mas que cumplida.
«Soy mercader, como bien sabéis, y ante todo me interesa trocar mercancías para obtener beneficios. Reconocisteis ese hecho, ofreciéndome todo el material que se os ocurría a cambio de mi ayuda; vosotros no tenéis la culpa de que no me resulte de ninguna utilidad. Vuestras máquinas, según dijisteis, no funcionan en la gravedad y la presión de mi mundo; no puedo usar vuestros metales… y en cualquier caso no los necesitaría, pues abundan en la superficie de muchas regiones de Mesklin. Algunas gentes los utilizan de adorno; pero, por lo que he hablado con Charles, sé que no se les puede dar formas complejas sin grandes máquinas, o al menos con mas calor del que podemos producir con facilidad. En realidad, conocemos esa cosa que llamáis fuego en formas más manejables que la nube flamígera; lamento haber engañado a Charles, pero en aquel momento me parecía más conveniente.
«Volviendo al tema original, rehusé todo salvo la orientación para navegar y la información meteorológica. Pensé que eso os haría sospechar, pero vuestras palabras no indicaron nada. No obstante, acepté realizar un viaje mas largo del que se haya efectuado en toda nuestra historia documentada para ayudaros a solucionar vuestro problema. Me dijisteis que necesitabais muchísimo esos conocimientos; sin embargo, a ninguno de vosotros se le ocurrió pensar que yo podría necesitar lo mismo, aunque lo pedí una y otra vez en cada ocasión que veía una de vuestras máquinas. No respondisteis a esas preguntas, utilizando siempre la misma excusa. Decidí, pues, que cualquier modo de obtener parte de vuestros conocimientos sería legítimo. Habéis ponderado, en una u otra ocasión, lo que denomináis «ciencia», siempre dando a entender que mi gente no la poseía. No entiendo por que no puede ser beneficiosa para mi gente si lo es para la vuestra.
«Por tanto, os ofrezco un nuevo trato. Comprendo que mi falta de respeto por el trato anterior os puede inducir a no querer cerrar otro conmigo. Sería una lástima, pues parece evidente que no podéis hacer otra cosa. Ni estáis aquí ni podéis venir; y, aunque pudierais arrojar vuestros explosivos, en un arranque de furia, no lo haréis mientras estemos cerca de vuestra máquina. El acuerdo es sencillo: conocimiento a cambio de conocimiento.
Podéis enseñarme a mi, o a Dondragmer, o a cualquier otro de mis tripulantes que tenga aptitud y tiempo para aprender, mientras nosotros trabajamos para desmantelar esta máquina y transmitiros el conocimiento que contiene.
— Un momento…
Lackland interrumpió el exabrupto de Rosten.
— Espere, jefe. Conozco a Barl mejor que usted. Déjeme hablar.
El y Rosten podían verse en sus respectivas pantallas, y por un instante el jefe de la expedición echó chispas por los ojos. Luego comprendió la situación y se aplacó.
— De acuerdo, Charles. Háblale.