Barlennan se deslizó por la abertura de la baranda, la cerró y miró la fogata, rodeada por las láminas metálicas de un condensador que habían donado los Voladores. El cordaje estaba tenso y firme. El capitán hizo una seña a los tripulantes; uno de ellos arrojó leña al reluciente fuego sin llamas, mientras el otro soltaba amarras.

Con su vasta esfera de doce metros de tela henchida de aire caliente, el nuevo Bree se elevó suavemente de la meseta y voló hacia el río, mecido por una brisa ligera.

FIN