— No tenía planes. Era un viaje de diversión. Ahora que ha muerto el viento de primavera y tenemos brisas en las direcciones habituales, no vendrá mal practicar un poco de navegación. ¿De que sirve un capitán que no puede guiar su nave?
— De acuerdo. ¿Los Voladores te dijeron para que servía está tanda de instrumentos?
— Me explicaron bastante, pero si estuviera realmente convencido de ese asunto de la curvatura del espacio lo habría entendido mejor. Terminaron con esa vieja frase de que las palabras no bastan para describirlo. ¿Qué otra cosa puedes utilizar aparte de las palabras, en nombre de los Soles?
— Eso mismo me pregunto yo. Creo que es otro aspecto de ese código de cantidades que denominan matemática. Yo prefiero la mecánica, pues puedes aplicarla desde el principio.
Señaló uno de los carromatos y la cabria diferencial.
— Eso parece — admitió Barlennan —. Tenemos mucho que llevar a casa… y no me parece conveniente que nos apresuremos a difundir algunas cosas, — Acompañó la frase con un gesto, y el piloto asintió con gravedad —. Pero nada nos impide jugar con esas cosas ahora.
El capitán siguió su camino, y Dondragmer lo miró entre serio y divertido. Lamentaba que Reejaaren no se encontrara cerca; el isleño no le era simpático, y tal vez ahora no estaría tan convencido de que la tripulación del Bree estaba integrada totalmente por embusteros.
Pero esa reflexión era una pérdida de tiempo. Tenía trabajo que hacer. Arrancar placas del monstruo de metal era menos divertido que recibir explicaciones para iniciar experimentos, pero debían cumplir con su parte del trato. Echo a andar cuesta arriba por el montículo, llamando a su grupo.
Barlennan continuó hasta el Bree. La nave ya estaba dispuesta para el viaje, con dos marineros a bordo y su fuego caliente. La gran extensión de tela brillante, casi transparente, le hacía gracia; al igual que el piloto, pensaba en Reejaaren, pero Barlennan se preguntaba cuál sería la reacción del intérprete si viera el uso que daban a su material.
¿Conque no se podía confiar en telas cosidas? La gente de Barlennan conocía un par de cosillas, sin necesidad de que se las dijeran sus amigos Voladores. Había preparado velas con retazos antes de estar a quince mil kilómetros de la isla donde había obtenido la tela, y las costuras habían resistido incluso en el valle de los vientos.