Barlennan casi rió.

— En mi caso es aún peor. No estoy seguro de haberte visto sin funda artificial.

— Bien, creo que estamos divagando y que ya hemos utilizado mucha luz del día. Mack, supongo que querrás regresar al cohete, donde el peso no existe y los hombres son globos. Al llegar, asegúrate de que los transmisores y receptores de estos cuatro equipos estén bien juntos, para que uno se registre en el otro. No crea que valga la pena conectarlos eléctricamente; estas gentes los usarán por un tiempo como contacto entre grupos aislados y los equipos están en diferentes frecuencias. Barlennan, dejé las radios junto a la cámara de presión. Al parecer, lo sensato sería ponerte a ti y las radios encima del tanque, llevar a Mack hasta el cohete y luego conducirte a ti y al equipo hasta el Bree.

Lackland actuó según esta sugerencia, obviamente la más sensata, antes de que nadie pudiera responder, y, el resultado fue que Barlennan casi enloqueció.

La mano enguantada del hombre levantó el cuerpo diminuto del mesklinita. Por un estremecedor instante, Barlennan se sintió y se vio suspendido a gran distancia del suelo; luego fue depositado en la superficie lisa del tanque. Sus pinzas rasparon desesperadamente el terso metal para complementar la reacción instintiva de sus docenas de pies de succión, que se habían adherido a las láminas; sus ojos miraban con horror el vacío que rodeaba el borde del camino, a poca distancia en cada dirección.

Tardó varios segundos — tal vez un minuto entero— en recobrar el habla, y entonces su voz era inaudible. Estaba demasiado lejos del receptor de la plataforma para comunicar palabras inteligibles, lo sabía por experiencia; sin embargo, aun en ese extremo de terror recordó que el estridente aullido de miedo que deseaba emitir se oiría con nítida claridad en el Bree, pues allá había otra radio.

Y en tal caso, el Bree tendría un nuevo capitán. El respeto por su valor era lo único que había conducido a aquella tripulación a las borrascosas regiones del Borde. Sin valor, perdería tripulación, barco y, en la practica, vida. Los cobardes no se toleraban en ninguna nave oceánica y en ningún puesto; y, aunque sus tierras estaban en la misma masa continental, la idea de recorrer sesenta mil kilómetros de línea costera a pie era descabellada.

Estos pensamientos no cruzaron la mente de Barlennan de forma explícita, pero su conocimiento instintivo de los hechos le hizo permanecer en silencio mientras Lackland recogía las radios y entraba con McLellan en el tanque. El metal tembló ligeramente cuando cerraron la portezuela, y un instante después el vehículo se puso en marcha. Algo extraño le ocurrió entonces al pasajero no humano.

El miedo podría haberle hecho enloquecer. Pero no enloqueció; al menos, no en el sentido convencional. Continuó razonando con la lucidez de siempre, y ninguno de sus amigos habría detectado un cambio de personalidad. Alguien que conociera a los mesklinitas mejor que Lackland habría sospechado que el capitán estaba un poco ebrio; pero incluso esa sensación pasó.

Y también pasó el miedo. A casi seis cuerpos de longitud por encima del suelo, sentía una relativa calma. Se aferraba con fuerza, en efecto, e incluso luego recordaría que era una suerte que el viento continuara amainando, pero el metal liso le permitía adherir con fuerza los pies de succión. Y era asombroso el panorama que disfrutaba — sí, disfrutaba— desde esa posición. Mirar las cosas desde arriba era de gran ayuda; se obtenía un cuadro bastante amplio de un solo vistazo.