— Aún no hemos comido — respondió Merkoos con inquietud—, pero todo lo demás, redes y armas, está preparado.

— ¿La comida está lista?

— Dentro de un día, capitán — respondió Karondrasee, el cocinero, que se volvió hacia el barco sin esperar más órdenes.

— Dondragmer, Merkoos, coged una de estas radios cada uno. Me habéis visto usar la del barco. Sólo tenéis que hablar cerca de ellas. Podéis efectuar un movimiento envolvente realmente eficaz con ellas, pues no será necesaria la proximidad para que los líderes se vean.

«Dondragmer, no sé si os dirigiré desde la nave, como pensé originalmente. He descubierto que es posible abarcar notables distancias desde arriba del vehículo del Volador; si acepta, viajaré con él cerca de la zona de operaciones.

— ¡Pero, capitán! — Dondragmer estaba pasmado —. ¿Esa cosa no ahuyentará a todas las presas de la cercanía? Se la oye a cien metros y se la ve a gran distancia. Además… Se interrumpió, sin saber cómo expresar su principal objeción. Barlennan habló por él:

— Además, nadie podría concentrarse en la cacería si yo estoy a la vista a tal distancia del suelo, ¿verdad? — Las pinzas del piloto dieron un silencioso asentimiento, y los demás tripulantes emularon el gesto.

Por un instante, el capitán sintió la tentación de razonar con ellos, pero comprendió a tiempo la futilidad del intento. No podía recobrar la perspectiva que había compartido con ellos hasta hacía poco tiempo, pero sí comprendía que antes él tampoco habría escuchado lo que ahora le parecía «razonable».

— De acuerdo, Dondragmer, olvidaré esa idea. Quizá tengas razón. Me mantendré en contacto con vosotros por radio, pero permaneceréis fuera de mi vista.

— Pero ¿montarás encima de esa cosa? ¿Qué te ha ocurrido? Ya sé que una caída de pocos metros no significa nada aquí, en el Borde, pero nunca correría el riesgo deliberadamente y no entiendo que otro esté dispuesto a hacerlo. Ni siquiera me imagino encima de esa cosa.