— Hace poco tiempo estabas a un cuerpo de altura en un mástil, si no recuerdo mal — replicó Barlennan, secamente —. ¿O fue a otro a quien vi revisando los aparejos sin bajar el travesaño?
— Eso era distinto… Yo tenía un extremo sobre cubierta — respondió, incómodo, Dondragmer.
— Pero tu cabeza tenía bastante espacio para una caída. He visto que otros también hacían lo mismo. Recordaréis que dije algo al respecto cuando nos internamos en esta región.
— Sí, en efecto. ¿Esas órdenes aún tienen vigencia, considerando…?
El piloto calló de nuevo, pero lo que quería decir era aún más manifiesto que antes.
Barlennan reflexionó.
— Olvidaremos la orden — dijo despacio —. Las razones por las cuales dije que esos actos resultaban peligrosos eran sensatas, pero si alguno de vosotros tiene problemas cuando estemos de vuelta en gravedad normal, la culpa será vuestra. A partir de ahora usad vuestro propio criterio en esos asuntos. Ahora bien, ¿alguien quiere venir conmigo?
Palabras y gestos combinados en un coro de enfáticas negativas, con la voz de Dondragmer apenas alta que las demás. Barlennan hubiera sonreído si hubiera poseído los rasgos físicos necesarios.
— Preparaos para la cacería… Os estaré escuchando — dijo, cerrando las deliberaciones.
La tripulación regresó obedientemente al Bree, y el capitán se volvió para presentar a Lackland una versión convenientemente censurada de la conversación. Estaba un poco preocupado, pues la conversación le había sugerido varias ideas nuevas; pero podría elaborarlas cuando tuviera más tiempo. Ahora sólo quería dar otro paseo en el techo del tanque.