— Correcto. Olvidé que habitualmente navegáis con tierra a la vista. Bordeaste la costa desde el oeste para llegar hasta aquí, ¿verdad?

— Sí. Estos mares son casi totalmente desconocidos. Esta línea costera se extiende cinco mil kilómetros en dirección hacia el oeste, como ya debes saber…, ahora empiezo a apreciar lo que significa mirar las cosas desde arriba…, y luego se curva gradualmente hacia el sur. No es demasiado regular; hay un sitio desde donde puedes dirigirte hacia el este durante tres mil kilómetros, pero supongo que la distancia en línea recta que te llevaría al punto opuesto a mi puerto de origen está veinticinco mil kilómetros al sur…, un buen trecho por la costa, por cierto. Luego, dos mil kilómetros por mar abierto hacia el oeste me llevarían a casa. Allí, las aguas son bien conocidas, y cualquier marino puede surcarlas sin más riesgos que los habituales.

Mientras hablaban, el tanque se alejaba del mar en dirección a la monstruosa mole arrojada por la reciente tormenta. Lackland deseaba examinarla con detalle, pues hasta ahora no había visto casi nada de la fauna mesklinita. Barlennan también estaba dispuesto. Había visto muchos de los monstruos que pululaban por los mares donde había navegado toda la vida, pero no recordaba esa criatura.

La forma no resultó muy sorprendente para ninguno de los dos. Podría haber sido una ballena muy aerodinámica o una rechoncha serpiente marina. El terrícola recordó el zeuglodonte que había surcado los mares de su mundo natal hacía treinta millones de años. Sin embargo, ninguna de las criaturas que habían vivido en la Tierra y dejado fósiles para que los hombres los estudiaran había alcanzado el tamaño de esa cosa.

Cubría doscientos metros de aquel suelo arenoso. Aparentemente, en vida el cuerpo había sido cilíndrico y de más de veinte metros de diámetro. Ahora, privado del soporte líquido donde había vivido, parecía una figura de cera abandonada largo, tiempo bajo el ardiente sol.

— ¿Qué haces cuando te topas con una cosa semejante en alta mar? — le preguntó a Barlennan.

— Ni idea — replicó el mesklinita —. Rara vez me he encontrado con una criatura así.

Habitualmente se quedan en los mares profundos y permanentes; sólo una vez vi una en la superficie, y unas cuatro encalladas como ésta. No sé qué comen, pero al parecer lo encuentran muy por debajo de la superficie. Nunca oí hablar de que atacaran una nave.

— Quizá nunca lo oigas — señaló Lackland—, Me cuesta imaginar supervivientes en una situación así. Si esta cosa se alimenta como algunas ballenas de mi mundo, engulliría una de tus naves sin darse cuenta. — Puso en marcha el tanque y lo condujo hacia lo que parecía la cabeza del enorme cuerpo —. Echemos un vistazo a la boca para averiguarlo.

La criatura tenía boca y una especie de cráneo pero éste se encontraba aplastado bajo su propio peso. Los restos, sin embargo, bastaban para corregir las conjeturas de Lackland en cuanto a sus hábitos alimenticios: con aquellos dientes, sólo podía ser carnívora. Al principio, el hombre no los reconoció como dientes; solo el hecho de que estuvieran situados en un lugar donde no podían ser costillas le reveló la verdad.