— Estás a salvo, Barlennan — dijo al fin —. A esta criatura no se le ocurriría atacarte. Una nave como la tuya no merecería el esfuerzo, por lo que a su apetito concierne. Dudo que le interesara nada que fuera inferior a cien veces el tamaño del Bree.

— Debe de haber mucha carne nadando en los mares profundos — repuso reflexivamente el mesklinita—, pero no creo que le sirva de mucho a nadie.

— Así es. Por cierto, ¿qué quisiste decir al hablar de mares permanentes? ¿Qué otros mares hay?

— Me refería a las zonas que ya son océano antes del comienzo de las tormentas invernales. El nivel del mar sube a principios de primavera, al final de las tormentas, que han llenado los lechos oceánicos durante el invierno. El resto del año, éstos bajan de nuevo de nivel. Aquí, en el Borde, donde las líneas costeras son tan abruptas, no hay mucha diferencia; pero en los lugares donde el peso es normal, la línea costera puede oscilar de trescientos a tres mil kilómetros entre primavera y otoño.

Lackland soltó un silbido.

— Barl, voy a salir de esta caja de hojalata. Estoy deseando tomar muestras de tejido de una criatura de Mesklin desde que descubrimos que existían, pero no podía arrancártela a ti. ¿La carne de esta criatura habrá cambiado mucho desde que murió? Supongo que tendrás una idea.

— Aún sería comestible para nosotros, aunque, por lo que me has dicho, tú no podrías digerirla. La carne se vuelve venenosa al cabo de varios cientos de días, a menos que la seques o la conserves de otra manera, y durante ese tiempo el sabor cambia gradualmente. Si quieres, tomaré una muestra.

Sin esperar respuesta ni mirar a su alrededor para asegurarse de que ninguno de sus tripulantes hubiera ido en esa dirección, Barlennan se lanzó desde el techo del tanque hacia la vasta mole. Calculó mal y sobrevoló el enorme cuerpo; por un instante, sintió un retortijón de pánico, pero logró dominarse antes de aterrizar al otro lado. Saltó de nuevo, calculando mejor esta vez, y aguardó mientras Lackland abría la portezuela del vehículo para salir. El tanque no tenía cámara de presión; el hombre, que seguía llevando puesta la escafandra, había permitido la entrada de la atmósfera mesklinita en el tanque después de ajustarse el casco. Un tenue remolino de cristales blancos lo siguió afuera: hielo y bióxido de carbono, producidos por el aire terrestre del interior al congelarse en la cruda temperatura de Mesklin. Barlennan no tenía sentido del olfato, pero sintió una quemazón en los poros respiratorios cuando lo alcanzó una vaharada de oxígeno que le hizo dar un salto atrás. Lackland comprendió por qué y pidió disculpas por no haberle advertido.

— No pasa nada — respondió el capitán —. Tendría que haberlo previsto. Tuve la misma sensación una vez, cuando saliste de la Colina donde vives, y ya me habías dicho que el oxígeno que respiráis es diferente de nuestro hidrógeno… ¿Recuerdas? Cuando estaba aprendiendo tu idioma.

— Supongo que sí. De todas formas, no puedo esperar que una persona que está habituada a otro mundo y otra atmósfera lo tenga presente todo el tiempo. Fue culpa mía.