— Yo también lo dudo, aunque mi capacidad para calcular el peso es muy incierta aquí, en el Borde — replicó el capitán —. De cualquier forma, no creo que el riesgo sea muy grande. La nieve no está muy pegajosa, y no podrá cubrir un bache grande.

— A no ser que el viento la arrastre. Bien, me preocuparé por eso cuando ocurra. ¡Todos a bordo!

Entró en el tanque, cerró la portezuela, expulsó la atmósfera mesklinita y liberó el aire terrícola que habían comprimido en tubos antes de abrir la portezuela. El receptáculo que contenía las algas, cuya función era mantener el aire fresco, centelleó cuando los circuladores empezaron a impulsar las burbujas a través de él. Un pequeño analizador espectrométrico informó que el contenido de hidrógeno era ínfimo; una vez que estuvo seguro de ello, Lackland puso en marcha los motores y se dirigió con el tanque y el trineo hacia el este.

La plana región que rodeaba la caleta cambió gradualmente. En los primeros cuarenta días, antes de que Lackland se detuviera para dormir, recorrieron setenta kilómetros.

Estaban en una zona de colinas ondulantes que alcanzaban alturas de cien metros, y no habían sufrido ningún percance. Barlennan comunicó por radio que los tripulantes disfrutaban de la experiencia, y que el inusitado ocio aún no les molestaba. La velocidad del tanque y el remolque era de unos siete kilómetros por hora, es decir, mayor que la velocidad a la que reptaban los mesklinitas; en cuanto a la gravedad — para ellos escasa—, algunos comenzaban a experimentar otros métodos de viaje. Ninguno había saltado aún, pero parecía que Barlennan pronto tendría compañeros que compartirían su recién adquirida indiferencia ante las caídas.

Todavía no habían visto vida animal, pero sí huellas diminutas en la nieve, que aparentemente pertenecían a las criaturas que los tripulantes del Bree habían cazado para alimentarse durante el invierno. La vida vegetal era muy diferente; en algunos lugares, la nieve estaba casi oculta por una vegetación herbácea que afloraba a través de ella, y en una ocasión la tripulación quedó embelesada al ver un espécimen que a Lackland le pareció un árbol achaparrado. Los mesklinitas nunca habían visto algo que creciera a semejante altura del suelo.

Mientras Lackland dormía como podía en su sofocante habitáculo, la tripulación se desperdigaba por el terreno circundante. En parte, buscaban comida fresca, pero ante todo les interesaban los alimentos para salar. Todos estaban familiarizados con una amplia variedad de las plantas que producían lo que Lackland llamaba especias, pero ninguna de ellas crecía en las inmediaciones. Muchas plantas portaban semillas, y casi todas tenían apéndices semejantes a hojas y raíces; el problema era que no había modo de discernir si eran venenosas, y mucho menos si tenían buen sabor. Ningún marinero de Barlennan era tan imprudente ni ingenuo para probar una planta que nunca había visto; buena parte de la flora mesklinita se protegía con formidable eficacia mediante venenos.

Los marineros consiguieron muchos especímenes de aspecto prometedor, pero nadie pudo hacer ninguna sugerencia práctica para utilizar sus hallazgos. Dondragmer fue el único que tuvo éxito en su excursión; más imaginativo que sus compañeros, pensó en buscar debajo de los objetos y levantó muchas piedras. Al principio sintió aprensión, pero su nerviosismo había desaparecido por completo para ser reemplazado por un genuino entusiasmo con el nuevo deporte. Había muchas cosas que descubrir incluso bajo las piedras más pesadas, y pronto regresó a la nave llevando varios objetos que aparentaban ser huevos. Karondrasee los tomó a su cargo — nadie temía consumir alimentos animales— y pronto la opinión quedó confirmada. Eran huevos, y muy apetitosos. Sólo después de consumirlos, alguien pensó en empollar alguno para averiguar a qué animal pertenecían.

La idea se aceptó con entusiasmo, y se organizaron partidas en busca de huevos. El Bree se había transformado en incubadora cuando Lackland despertó.

Tras cerciorarse de que todos los tripulantes hubieran regresado a bordo, puso el motor en marcha y reanudó el viaje hacia el este. Pocos días después, las colinas eran más altas, y atravesaron dos veces ríos de metano, afortunadamente tan angostos que el trineo pudo franquearlos. Era una suerte que la pendiente de las colinas fuera gradual, pues los marineros sentían inquietud cuando tenían que mirar hacia abajo; sin embargo, según le informó Barlennan, esa sensación se iba disipando poco a poco.