Al cabo de veinte días de la segunda etapa del trayecto, olvidaron por completo el terror a la altura, pues un cambio en el paisaje atrajo toda la atención de los pasajeros de ambos vehículos.

7 — PIEDRAS DEFENSIVAS

Hasta entonces las colinas eran suaves y con declives regulares, pues la intemperie había erosionado las irregularidades. No había indicios de los pozos y grietas que Lackland había temido antes de la partida. Las cimas eran redondeadas, así que habrían podido cruzarlas sin dificultad aun a mayor velocidad. Pero ahora, mientras escalaban una loma, el paisaje que vieron en la siguiente colina llamó la atención de todos.

Su altura era superior a la de la mayoría de las anteriores; parecía más un risco que un montículo. Pero la gran diferencia estaba en la cima, ya que, en lugar de presentar la acostumbrada comba suave y gastada por el viento, era escabrosa. Una mirada más atenta revelaba que estaba coronada por una hilera de pedrejones, a intervalos regulares, que sólo podían revelar una obra de la inteligencia. Había rocas de diferentes aspectos:

desde objetos monstruosos del tamaño del tanque de Lackland hasta fragmentos semejantes a pelotas de baloncesto; y todas, aunque toscas en los detalles, tenían forma más o menos esférica. Lackland frenó el vehículo y cogió los binoculares. Llevaba la escafandra, aunque sin el casco. Barlennan, olvidando la presencia de la tripulación, saltó los veinte metros que separaban el Bree del tanque y se plantó sobre el techo de éste con firmeza. Allí habían amarrado una radio para comunicarse, y Barlennan empezó a hablar casi antes de aterrizar.

— ¿Qué es, Charles? ¿Es una ciudad, como las que existen en tu mundo? No se parece a tus fotos.

— Esperaba que tú me lo dijeras — fue la respuesta —. Evidentemente, no es una ciudad, y las piedras están demasiado separadas para formar murallas o fuertes. ¿Ves algún movimiento en los alrededores? No alcanzo a ver con estos binoculares, pero quizá tu vista sea más aguda.

— Sólo veo que la cumbre es irregular; si las cosas de arriba son piedras sueltas, tendré que aceptar lo que dices hasta que estemos más cerca. No veo ningún movimiento, desde luego, pero, a esta distancia, me resultaría imposible distinguir cualquier cosa de mi tamaño.

— Yo podría verte a esta distancia sin binoculares, pero no podría contar tus brazos y piernas. Con ellos, puedo asegurar con bastante certeza que esa cumbre está desierta.

Aun así, te garantizo que esas piedras no llegaron allí por accidente; nos mantendremos alerta. Avisa a tu tripulación.