— Tienes razón, jamás lo había visto. Ni siquiera he oído hablar de semejante criatura, ni se si es peligrosa. Pero no deseo averiguarlo. Aun así, es carne; quizá…

— Si quieres decir que no sabes si come carne o vegetales, apuesto por lo primero — replicó Lackland —. Sería muy raro que un herbívoro se abalanzara sobre algo de mayor tamaño con sólo verlo, a menos que fuese tan estúpido como para pensar que el tanque es una hembra de su propia especie, lo cual dudo mucho. Además, estuve pensando que la existencia de un gran carnívoro explicaría por qué los gigantes nunca salen de las ciudades, y por qué las han construido en forma de trampa. Probablemente, atraen a estas criaturas exhibiéndose en el fondo, igual que hicieron con nosotros, y luego las matan con rocas, como intentaron con el tanque. Es un buen sistema para tener reparto de carne a domicilio.

— Todo eso puede ser cierto, pero por el momento no nos interesa — replicó Barlennan con cierta impaciencia —. ¿Qué haremos con ésta? El arma con la que despedazaste la roca tal vez la mate, pero seguramente no dejaría carne aprovechable; en cambio, si salimos con las redes, estaremos demasiado cerca para que la utilices sin trabas si nos metemos en problemas.

— ¿Te atreverías a usar las redes con una cosa de semejante tamaño?

— Por supuesto. La retendríamos, siempre que pudiéramos cogerla. El problema es que sus patas son demasiado grandes para atravesar la malla, y nuestro método habitual para desplazar la presa no serviría de mucho. Tendríamos que rodearle el cuerpo y las patas con las redes, y luego ceñirlas.

— ¿Se te ocurre algo?

— No… y, de todas formas, no nos queda mucho tiempo. Ya la tenemos casi encima.

— Salta y desengancha el trineo. Avanzare con el tanque y la distraeré un rato, si quieres. Si decides capturarla y luego se presentan problemas, podréis apartaros de un salto para que yo utilice el cañón.

Barlennan obedeció la primera parte de la sugerencia sin titubeos ni discusiones, deslizándose por la parte posterior y destrabando con un diestro ademán el gancho que sujetaba el cable de remolque al tanque. Después, emitió un ronquido para anunciar a Lackland que su tarea estaba cumplida y saltó a bordo del Bree.

La criatura se detuvo cuando la máquina reanudó la marcha. Bajó la cabeza a un metro del suelo y contoneo su largo cuello, mientras sus ojos múltiples evaluaban la situación desde todos los ángulos posibles. No prestaba atención al Bree; quizá porque no reparaba en los pequeños movimientos de la tripulación, o porque consideraba el tanque un problema más urgente. Cuando Lackland giro hacia un flanco, la criatura inclinó el cuerpo gigantesco para seguir observándolo de frente. Por un instante, el terrícola pensó en virar ciento ochenta grados para que la criatura apartara los ojos de la nave; luego recordó que eso pondría al Bree en la línea de fuego si tenía que disparar el cañón, y detuvo la maniobra cuando el trineo quedó a la diestra del monstruo. De cualquier modo, la disposición ocular de la criatura siempre le permitiría ver a los marineros que avanzaran, tanto por detrás como por delante.