A fin de cuentas, ¿no ves que la superficie de Mesklin se curva hacia abajo? Si tu teoría fuera cierta, el horizonte estaría encima de ti. ¿Qué dices a eso?
— ¡Oh, lo está! Por eso, aun las tribus más primitivas saben que el mundo tiene forma de cuenco. Sólo se ve distinto aquí, cerca del Borde. Creo que está relacionado con la luz.
En definitiva, el sol sale y se pone aquí incluso en verano, y no me sorprende que las cosas presenten un aspecto un poco raro. Vaya, si hasta parece que el… horizonte, así lo llamaste, ¿no? Bien, parece que el horizonte está más cerca del norte y el sur, que del este y el oeste. Se ve una nave a mucha mayor distancia hacia el este o el oeste. Es la luz.
— Hum. Tu argumento me resulta algo difícil de rebatir en este momento. — Barlennan no estaba tan familiarizado con el idioma del Volador cromo para detectar el tono irónico.
Nunca estuve en la superficie lejos del… Borde… y personalmente no puedo estar. No sabía que allí las cosas se vieran tal como tú las describes y, por el momento, no entiendo por qué es así. Espero verlo cuando recibas ese aparato de radiovisión en nuestro pequeño encuentro.
— Me deleitará oír tu explicación acerca de por qué nuestros filósofos están equivocados — respondió Barlennan cortésmente —. Cuando estés preparado, desde luego. Entretanto, sigo deseando saber si puedes informarme acerca de cuándo habrá una pausa en la tormenta.
— Tardaré unos minutos en recibir un informe de la estación de Toorey. Te llamaré al amanecer. A esa hora podré darte el pronóstico y habrá luz suficiente para que me muestres el Cuenco. ¿De acuerdo?
— Excelente. Esperaré.
Barlennan se agazapó junto a la radio mientras la tormenta aullaba en derredor. Los goterones de metano que se estrellaban contra su espalda blindada no le molestaban.
Golpeaban con más fuerza a mayor altitud. En ocasiones se sacudía para expulsar la pátina de amoníaco que se acumulaba en la balsa, pero aun eso era una molestia menor, al menos hasta ahora. A mediados del invierno, dentro de cinco o seis mil días, el amoníaco se derretiría a pleno sol, y poco después se congelaría de nuevo. La idea era alejar el líquido de la nave — o la nave del líquido— antes de la segunda helada, pues de lo contrario los tripulantes de Barlennan tendrían que arrancar doscientas balsas de la playa.