El Bree no era un barco fluvial, sino una nave oceánica.
El Volador tardó sólo los escasos minutos prometidos en obtener la información, y su voz resonó una vez más en el diminuto artefacto mientras el levante alumbraba las nubes de la bahía.
— Me temo que yo tenía razón, Barl. No hay pausa a la vista. El casquete de hielo se está derritiendo en casi todo el hemisferio norte, un término que para ti no significa nada.
Las tormentas suelen durar todo el invierno. En las latitudes meridionales más altas llegan por separado porque se dividen en células muy pequeñas al alejarse del ecuador, por efecto de la desviación de Coriolis.
— ¿De qué?
— La misma fuerza que hace que los proyectiles que arrojas viren tanto hacia la izquierda… Al menos, aunque nunca lo he visto en estas condiciones, es lo que debería ocurrir en este planeta.
— ¿Qué es «arrojar»?
— Bien, «arrojar» es coger un objeto, alzarlo e impulsarlo lejos de ti para que viaje cierta distancia antes de chocar contra el suelo.
— En los países razonables no hacemos eso. Aquí podemos hacer muchas cosas que allá son imposibles o muy peligrosas. Si yo «arrojara» algo en mi país, podría caer sobre alguien…, muy probablemente, sobre mí.
— Pensándolo bien, eso sería malo. Ahí tenéis tres G, lo cual ya es bastante; en los polos hay casi setecientas. Aun así, si hallaras algo tan pequeño como para que tus músculos pudieran arrojarlo, ¿por qué no podrías atajarlo, o al menos resistir el impacto?