El también había estado atareado durante aquellos minutos. En las balsas de sotavento, apuntando hacia el monstruo y la maquina enzarzados en un duelo, había cuatro artilugios semejantes a fuelles, con tolvas montadas por encima de las toberas.
Dos marineros manipulaban cada fuelle, y, a una serial del capitán, empezaron a bombear con todas sus fuerzas. Al mismo tiempo, un tercer marinero, que manejaba la tolva, descargo un chorro de polvo que flotó en la corriente creada por el fuelle. El viento recogió el polvo y lo sopló hacia los combatientes. La oscuridad dificultaba las estimaciones, pero Barlennan tenía habilidad para calcular la velocidad del viento y, al cabo de unos minutos de bombeo, lanzó otra orden.
Los operadores de las tolvas hicieron algo con las toberas de los fuelles, y una rugiente llamarada broto desde el Bree para envolver a ambos combatientes. Los tripulantes ya estaban protegidos con sus lonas, e incluso los «artilleros» se cubrían con telas que formaban parte de las armas; sin embargo, la vegetación que surgía de la nieve carecía de la altura y la densidad apropiadas para proteger a los combatientes. Lackland, utilizando expresiones que no le había enseñado a Barlennan, retrocedió bruscamente para alejarse de la nube de llamas, rezando para que el cuarzo de las escotillas aguantara. Su adversario, en cambio, aunque igualmente ansioso por alejarse, carecía del control necesario para hacerlo. Se lanzo primero hacia un flanco y luego hacia el otro, intentando escapar. La llamarada murió en segundos, dejando una nube de denso humo blanco que brillaba a la luz del tanque; pero, o bien el breve borbotón había sido suficiente, o bien el humo era igualmente mortífero, pues el monstruo actuaba de forma cada vez mas dislocada. Sus pasos desorientados se volvieron cada vez mas cortos y débiles, y sus patas perdieron fuerza para sostener tan vasta mole, que poco después se desmoronó y rodó hacia un costado. Las patas se agitaron frenéticamente por un tiempo, mientras el largo cuello se retraía y se estiraba, sacudiendo la cabeza en el aire y golpeándola contra el suelo. Al amanecer, el único movimiento era un estertor en la cabeza o las patas, y muy pronto la gigantesca criatura quedó totalmente tiesa.
— Barl, ¿qué demonios utilizaste para crear esa nube de fuego? ¿No pensaste que podías rajar las ventanillas del tanque?
El capitán, que había permanecido en la nave y estaba cerca de una de las radios, respondió al instante.
— Lo lamento, Charles. No sabía de que estaban hechas tus ventanillas, y en ningún momento pensé que nuestra nube de llamas construyera un peligro para tu gran máquina.
Tendré mas cuidado la próxima vez. El combustible es un polvo que obtenemos de ciertas plantas. Lo encontramos en forma de grandes cristales y tenemos que triturarlos con mucho cuidado, lejos de la luz.
Lackland cabeceó, digiriendo esta información. Sus conocimientos químicos eran escasos pero suficientes para comprender la naturaleza de ese combustible.
Fotocombustión… hidrógeno ardiendo en una nube blanca… manchas negras en la nieve… Por lo que sabia, solo podía tratarse de una cosa. El cloro es sólido a la temperatura de Mesklin y se combina violentamente con el hidrógeno; en cuanto al cloruro de hidrógeno, es blanco cuando esta en forma de polvo fino; y la nieve de metano que hirviera en el suelo también cedería su hidrógeno al voraz elemento, dejando carbono.
¡Vaya flora la de ese mundo! Debía presentar otro informe a Toorey, o quizá le conviniera reservarse ese bocado por si Rosten se enfadaba de nuevo.