— Por supuesto. La escafandra será tan pesada como para servir de ancla, y si te anudas una vuelta de cuerda alrededor del cuerpo, puedes bajarla gradualmente. No veo ninguna dificultad; la carga será de pocos kilos.

— Tal vez, pero hay otra cosa. Tu cuerda es muy delgada, y los guanteletes de mi escafandra resultan un poco toscos para coger objetos pequeños. ¿Que ocurrirá si la cuerda se me escapa?

Barlennan callo unos instantes.

— ¿Cuál es el objeto más pequeño que puedes manejar con razonable seguridad?

— Uno de tus mástiles, diría yo.

— No hay problema, pues. Enrollaremos la cuerda alrededor del mástil para que lo utilices como carrete. Luego arrojaras el mástil y la cuerda; si el mástil se parte, la perdida no será muy grande.

Lackland se encogió de hombros.

— Es tu salud y tu propiedad, Barl. Desde luego, seré cuidadoso; no quiero que te ocurra nada, y menos por negligencia mía. Saldré dentro de un instante.

Barlennan lo estaba esperando. Una sola balsa aguardaba ahora en el borde del risco, sujeta a la hamaca y preparada para el descenso. Encima había una radio y los restos amarrados del andamiaje, y el capitán arrastraba hacia Lackland el mástil que tenía la cuerda enroscada alrededor. El hombre se aproximaba con lentitud, pues la terrible fatiga parecía crecer a cada instante; pero al final llego a tres metros del borde, se inclinó tanto como se lo permitía su incomodo atuendo, y cogió el mástil. Sin una palabra de advertencia ni nada que sugiriese dudas sobre su amigo humano, Barlennan regreso a la balsa, se cercioró de que el cargamento estuviera bien amarrado, lo empujó hasta que oscilo en el borde del risco y trepó a bordo.

Se volvió para echar un ultimo vistazo a Lackland, y el hombre habría jurado que le guiñaba un ojo.