— Aguanta, Charles — dijo la voz por la radio.
El capitán se plantó resueltamente en el borde exterior de la balsa que colgaba en precario equilibrio. Tenía las pinzas bien cerradas sobre los aparejos, y solo eso lo mantenía a bordo cuando la plataforma se inclinó y se deslizó por encima del borde.
La cuerda que sostenía Lackland tenía margen suficiente para permitir una caída de medio metro; la balsa y el pasajero desaparecieron al instante. Un brusco tirón indico al hombre que la cuerda aun aguantaba, y poco después la voz de Barlennan le confirmo jovialmente esa información.
— ¡Bájala! — fue la frase final, y Lackland obedeció.
Con aquel carrete era como manejar una cometa: una cuerda enroscada en un palillo.
Aquello le evoco recuerdos infantiles; pero sabía que si perdía esa cometa tardaría mucho en reponerse.
La voz de Barlennan le llegaba de forma intermitente y siempre en tono alentador; era como si la pequeña criatura entendiera la angustia que embargaba a Lackland: «Ya vamos por la mitad», «Todo anda bien», «Ya no temo mirar hacia abajo, a pesar de la distancia». Y, al final:
— Ya llegamos, solo un poco más. Eso es, estoy abajo. Sostén el carrete un momento, por favor. Te avisaré cuando la zona este despejada y puedas arrojarlo.
Lackland continuo obedeciendo. Para conservar un recuerdo, intentó cortar un trozo del final del cable, pero le resultó imposible a pesar de la escafandra. Sin embargo, el borde de una de las pinzas de la escafandra tenía filo suficiente para cortar aquel material, y, cuando lo consiguió, se sujeto el recuerdo alrededor del brazo antes de cumplir las ultimas ordenes de su aliado.
— Ya hemos despejado la zona, Charles. Puedes soltar la cuerda y arrojar el mástil cuando quieras.