La delgada cuerda culebreo, perdiéndose de vista, y luego le siguió la rama de veinticinco centímetros que era uno de los principales mástiles del Bree. Ver cosas en caída libre en triple gravedad, pensó Lackland, era peor que pensar en ello. Quizá fuera mejor en los polos, donde no podías verlo. ¡Allí, un objeto caía a tres kilometres por segundo! Pero quizá la desaparición abrupta resultara igualmente agotadora para los nervios. Lackland ahuyentó esos pensamientos y regresó al tanque.
Durante el par de horas que duro la operación, observó a través de los visores a los tripulantes que ensamblaban el Bree. Con cierta nostalgia, vio el grupo de balsas internándose en la corriente y escucho los adioses de Barlennan, Dondragmer y la tripulación.
Guardo silencio unos minutos y llamo a la base de Toorey.
— Podéis venir a buscarme. Ya hice todo cuanto podía hacer en la superficie.
10 — BOTES HUECOS
Lejos de la gran catarata, el río era ancho y fluía con lentitud. Al principio, el aire atrapado por el «agua» en descenso arrojaba una brisa hacia el mar, y Barlennan ordeno izar las velas para aprovecharla; pero la brisa cesó enseguida y el barco quedo a merced de la corriente. Sin embargo, esta iba en dirección favorable, y nadie se quejaba. La aventura terrestre había sido interesante y fructífera, pues varios de los productos vegetales obtenidos podrían venderlos a buen precio cuando regresaran; con todo, nadie lamentaba estar de nuevo a flote. Algunos contemplaron la catarata mientras estuvo a la vista y luego todos clavaron la mirada en el oeste para ver el cohete cuando oyeron su sofocado estruendo; pero, en general, había una sensación de expectativa.
Las orillas del río les llamaban cada vez mas la atención. Durante el viaje terrestre se habían habituado a ver algunas plantas erguidas — el Volador las llamaba «árboles»— cada varios días. Al principio habían resultado objetos fascinantes, y constituían una fuente de esos alimentos que planeaban vender en casa. Ahora los árboles abundaban y amenazaban con reemplazar por completo esas plantas rastreras cuyas ramas semejaban cuerdas. Barlennan se pregunto si una colonia instalada allí podría mantenerse comerciando con lo que el Volador denominaba «piñas».
Durante unos ochenta kilómetros no avistaron vida inteligente, aunque había gran cantidad de animales en las orillas. Por el río pululaban multitud de peces, aunque ninguno de tamaño suficiente para hacer peligrar el Bree. Eventualmente, ambas márgenes se cubrieron de árboles que se extendían tierra adentro; Barlennan, espoleado por la curiosidad, ordenó acercar la nave a la orilla para observar de cerca el aspecto de un bosque.
Era muy brillante, aún en plena espesura, pues los árboles no formaban una techumbre, como en la Tierra; pero, así y todo, resultaba bastante extraño. Navegando a la sombra de aquellas extrañas plantas, muchos tripulantes volvieron a sentir el antiguo terror de tener objetos sólidos encima; y se produjo un alivio general cuando el capitán ordeno al timonel que se alejara de la orilla.
Si alguien vivía allí, sería bienvenido a bordo. Dondragmer manifestó en voz alta esta opinión, que fue recibida con un murmullo general de aprobación. Lamentablemente, aquellas palabras no fueron oídas o comprendidas en la orilla. Tal vez no temieran que los tripulantes del Bree quisieran arrebatarles el bosque, pero decidieron no correr riesgos; y, una vez mas, los viajeros tuvieron una experiencia con proyectiles.