En esta ocasión, el arsenal consistía en lanzas. Seis de ellas volaron silenciosamente desde la orilla y se clavaron temblando en la cubierta del Bree; otras dos rozaron el caparazón protector de unos marineros y repiquetearon en las balsas antes de detenerse.
Los marineros que habían recibido el impacto brincaron convulsivamente por reflejo, y ambos cayeron a varios metros de distancia en el río. Regresaron a nado y se encaramaron a bordo sin asistencia, pues todos los ojos dirigían la mirada hacia el lugar donde se había originado el ataque. Sin necesidad de una orden, el timonel enfiló hacia el centro del río.
— Me pregunto quien las arrojó y si utilizaron para hacerlo una máquina como la del Volador. El ruido no fue el mismo — dijo Barlennan en voz alta, sin preocuparse de esperar respuesta.
Terblannen arranco una lanza de la cubierta, examinó su punta de madera y luego la arrojo hacia la costa. Como el arte de arrojar le resultaba totalmente nuevo, excepto por los experimentos que había hecho al echar objetos hacia el tanque en la ciudad de los arrojadores de piedras, la lanzó como un niño lanza un palo, y el proyectil fue girando en el aire hasta llegar al bosque. La pregunta de Barlennan quedo parcialmente respondida; aunque los brazos del tripulante eran cortos, el arma llego hasta la orilla. Los atacantes invisibles no necesitaban nada parecido al cañón de Lackland siempre que se parecieran a la gente común. Sin embargo, ni había modo de averiguar desde allí que aspecto físico tenían, ni el capitán tenía intenciones de descubrirlo mediante el examen directo. Así pues, el Bree continuó su rumbo, mientras un relato del episodio llegaba por radio a Lackland, en la distante Toorey.
Durante mas de cien kilómetros, el bosque continuó mientras el río se ensanchaba gradualmente. El Bree siguió un tiempo por el centro del río, después de aquel único encuentro con los habitantes del bosque, pero aun así no estuvo totalmente a salvo de problemas. Pocos días después del ataque con lanzas, avistaron un pequeño claro en la orilla izquierda. Su baja altura impedía a Barlennan ver tanto como habría deseado, pero en el claro podía distinguir objetos dignos de examen. Al cabo de ciertos titubeos, ordeno que la nave se acercara a esa margen. Los objetos semejaban árboles, pero eran más bajos y gruesos. Si Barlennan hubiera sido mas alto, habría visto pequeñas y reveladoras aberturas; Lackland, observando por uno de los visores, recordó de inmediato fotos de chozas de nativos africanos, pero de momento no dijo nada. En realidad le interesaban más otros objetos que estaban parte en la orilla y parte en el río, frente a lo que en su opinión era una aldea. Podrían haber sido troncos o cocodrilos, pues a esa distancia no eran claramente visibles, pero Lackland sospechaba que eran canoas. Sería interesante ver como reaccionaba Barlennan ante una embarcación tan diferente de la suya.
Paso un rato, sin embargo, hasta que los tripulantes del Bree comprendieron que los «troncos» eran canoas, y los otros objetos, habitáculos. De hecho, Lackland llego a temer que continuaran viaje sin darse cuenta, pues la experiencia reciente había vuelto muy cauto a Barlennan. Además, los colegas de Lackland no deseaban que la nave continuara sin detenerse. Por fin, cuando el Bree paso frente a la aldea, la marea de cuerpos rojos y negros que inundo la orilla demostró que la conjetura del terrícola era correcta. Los objetos semejantes a troncos fueron empujados hacia el río, cada cual con varias criaturas que aparentemente pertenecían a la misma especie que los tripulantes del Bree.
Eran iguales en forma, tamaño y coloración; y, cuando se acercaron al barco, emitieron ensordecedores ronquidos iguales a los que Lackland había oído a sus pequeños amigos.
Las canoas parecían fabricadas con troncos, convenientemente ahuecados para que solo asomaran las cabezas de los tripulantes; por la distribución, Lackland dedujo que iban tendidos dentro y que manejaban los remos con brazos provistos de pinzas.
Los artilleros acudieron a los lanzallamas de sotavento del Bree, aunque Barlennan dudaba que fueran de utilidad.
Toda oportunidad de hacer un uso efectivo del polvo flamígero desapareció cuando la flota de canoas se desperdigó para rodear el Bree. A una distancia de dos o tres metros se detuvieron, y se produjo un silencio que se prolongo durante un par de minutos. Para gran fastidio de Lackland, el sol se puso y no pudo ver lo que sucedía a continuación.