Pasó varios minutos tratando de descifrar el sentido de los extraños sonidos que le llegaban a través del equipo, pero el esfuerzo resultó infructuoso, pues ninguno de ellos articulaba palabras en un idioma que él conociera. Nada indicaba una actividad violenta; al parecer, ambas tripulaciones parloteaban tratando de comunicarse. Sin embargo, Lackland dedujo que no hablaban un idioma común, pues no parecía haber una conversación sostenida.

Al amanecer, Lackland descubrió que durante la noche se habían producido algunas novedades. El Bree, que debería haberse alejado corriente abajo, aún permanecía frente a la aldea. Y ya no flotaba en medio del río, sino a pocos metros de la orilla. El terrícola se disponía a preguntar a Barlennan por que corría semejante riesgo y como había logrado maniobrar, cuando se tornó evidente que el capitán estaba tan sorprendido como él ante el giro de los acontecimientos.

Con expresión de fastidio, Lackland se volvió hacia uno de los hombres que tenía al lado.

— Barlennan se ha metido en problemas. Se que es un tío listo, pero debe recorrer más de cincuenta mil kilómetros y no me gusta verlo en un atolladero en los primeros cien.

— ¿No vas a ayudarle? Hay dos mil millones de dólares en juego, por no mencionar la reputación de muchos.

— ¿Que quieres que haga? Solo podría darle consejos, y, dadas las circunstancias, está mas capacitado que yo para evaluar la situación. Es evidente que puede verla mejor, por no mencionar que esta tratando con gentes como él.

— Por lo que veo, son tan similares a el como los isleños de los mares del Sur al capitán Cook. Admito que parecen de la misma especie, pero ¿qué pasara si son caníbales, por ejemplo? Tu amigo puede estar en un brete.

— Aún suponiendo que así sea, no puedo ayudarlo. ¿Cómo disuades a un caníbal de engullir un apetitoso manjar cuando no conoces su idioma y ni siquiera lo tienes adelante?

¿Que atención prestara a una cajita cuadrada que le habla en un idioma extraño?

El otro enarco las cejas.