— No soy adivino para predecirlo pero, en tal caso, creo que estaría demasiado asustado para hacer nada. Como etnólogo, te aseguro que hay razas primitivas de muchos planetas, nuestra Tierra incluida, que se inclinarían, bailarían y ofrecerían sacrificios ante una caja parlante.

Lackland digirió aquella observación en silencio, cabeceo pensativamente y se volvió hacia las pantallas.

Varios marineros habían cogido pértigas para tratar de regresar al centro del río, pero en vano. Dondragmer, tras echar una ojeada a las balsas externas informó que estaban en una jaula formada por estacas clavadas en el lecho del río y que sólo podrían salir remontando la corriente. Quizá no fuera coincidencia que la jaula tuviera el tamaño suficiente para acoger al Bree. Mientras Dondragmer enviaba su informe, las canoas se alejaron de los tres lados cerrados y se reunieron en el cuarto; los marineros, que habían oído el comentario del piloto y se disponían a usar las pértigas para avanzar corriente arriba, miraron a Barlennan esperando ordenes. Tras unos instantes de reflexión, Barlennan ordenó a los tripulantes que se dirigieran al otro extremo de la nave y reptó hacia el lado que quedaba frente a las canoas. Ya había deducido como habían movido el barco; aprovechando la oscuridad algunos remeros habían bajado de las canoas, habían nadado hasta situarse debajo del Bree y lo habían empujado hasta donde querían.

Aquello no le pareció sorprendente; él también podía sobrevivir un tiempo debajo de la superficie de un río o un océano, pues solían contener una buena dosis de hidrógeno disuelto. Lo que ignoraba era por que aquellas gentes querían el barco.

Mientras pasaba frente a uno de los depósitos de provisiones, alzó la tapa y cogió un trozo de carne. Lo llevo hasta el borde de la nave y lo ofreció a la multitud de silenciosos captores Oyó un chachareo ininteligible cuando éste cesó; una de las canoas se acercó y el nativo de la proa se estiro hacia la ofrenda. Barlennan dejó que se la llevara. Los nativos la observaron y comentaron; luego, el que parecía ser el jefe arranco un buen pedazo, pasó el resto a sus compañeros y consumió pensativamente la que se había quedado. Barlennan se sintió de mejor ánimo; el hecho de que la hubiera compartido sugería que aquellas gentes tenían un grado de desarrollo social. El capitán cogió otro trozo y lo ofreció como antes; pero, en esta ocasión, no dejo que se lo llevaran. Lo puso detrás de si, reptó hasta una de las estacas que aprisionaban la nave, la señaló, señaló el Bree y señaló el río. Estaba seguro de que se expresaba con claridad; sin duda los observadores humanos lo comprendían, a pesar de que no había utilizado ninguna palabra terrícola, Sin embargo el jefe no reaccionó. Barlennan repitió los gestos y terminó extendiendo de nuevo el trozo de carne.

Toda conciencia social que tuviera el jefe debía de estar limitada estrictamente a su propia comunidad, pues cuando el capitán extendió la carne por segunda vez, una lanza surgió como la lengua de un camaleón, ensarto la comida, la arrancó de la pinza de Barlennan y desapareció sin que ninguno de los atónitos marineros pudiera hacer nada por evitarlo. Luego, el jefe ladró una orden, y la mitad de los tripulantes de cada canoa brincaron hacia delante.

Los marineros no estaban acostumbrados al ataque aéreo y, además, se habían distendido cuando el capitán inició las negociaciones; en consecuencia, no hubo nada parecido a una pelea. El Bree fue capturado en menos, de tres segundos. Un comité encabezado por el jefe se puso a investigar los depósitos de alimentos y su satisfacción era evidente a pesar de la barrera idiomática. Barlennan observó consternado mientras sacaban la carne a cubierta, evidentemente dispuestos a trasladarla a una canoa, y por primera vez pensó que quizá pudiera pedir consejo a alguien más.

— ¡Charles! — exclamó, hablando inglés por primera desde el inicio del episodio —. ¿Has estado observando?

Lackland, entre angustiado y divertido, respondió de inmediato.

— Si, Barlennan. Sé lo que ocurre.