Estudio la reacción de los captores del Bree y no tuvo motivos para sentirse defraudado. El jefe, que miraba hacia el lado contrario de donde estaban las radios, se volvió como una serpiente de cascabel sobresaltado y comenzó a buscar el origen de aquella voz con un aire de desconcierto increíblemente humano. Un miembro de la tribu que estaba frente a las radios le indico aquella por donde Lackland había transmitido su mensaje; pero, después de tantear la caja impenetrable con el cuchillo y la lanza, el jefe rechazó aquella sugerencia. El terrícola escogió ese momento para hablar de nuevo.

— ¿Crees que será posible hacer que se asusten de las radios, Barlennan?

Antes de que Barlennan tuviera oportunidad de responder, Dondragmer se acerco a la pila de carne, escogió un trozo y lo puso frente a la radio, simulando humildad. Había corrido el riesgo de que lo apuñalaran, y lo sabía; pero sus captores estaban demasiado desconcertados por la nueva situación como para ofenderse por ese movimiento.

Lackland, comprendiendo que el piloto había sabido interpretar su plan, continuó; redujo el volumen para que su próximo discurso pareciera menos furibundo ante los nativos, y aprobó con entusiasmo el acto del piloto.

— Buen trabajo, Dondragmer. Cada vez que uno de vosotros haga algo así, intentaré demostrar aprobación; y ladraré ante cualquier acto que me desagrade. Tu sabes que hacer mejor que yo, así que procura convencerlos de que estas radios son seres poderosos que lanzaran un rayo si los fastidian.

— Comprendo. Nos encargaremos de ello — respondió el piloto —. Imaginaba que era eso lo que tenías en mente.

El jefe, armándose de coraje, asestó un lanzazo a la radio más próxima. Lackland guardo silencio, pensando que el resultado natural en la punta de madera ya sería bastante impresionante; los marineros entraron de buena gana en el juego descrito por el Volador. Con lo que Lackland como por el equivalente de jadeos reverentes, se apartaron de la escena y se taparon los ojos con las pinzas. Al cabo de un momento, viendo que no ocurría nada mas, Barlennan ofreció otro trozo de carne, gesticulando para dar la impresión de que rogaba por la vida de aquel extranjero ignorante. Las gentes del río estaban obviamente impresionadas, y el jefe, retrocediendo, reunió a su comité y comenzó a deliberar. Al final, uno de sus consejeros recogió un trozo de carne y lo ofreció a la radio más próxima. Lackland se disponía a expresar un dulce agradecimiento cuando Dondragmer exclamo:

— ¡Recházalo!

Sin saber por que, pero confiando en el juicio del piloto, Lackland aumento el volumen y lanzo un rugido leonino. El donante retrocedió aterrorizado; a una brusca orden del jefe, reptó hacia delante, recobró la ofrenda ofensiva, escogió otro trozo y lo entregó.

— Esta bien — dijo el piloto, y el terrícola bajó el volumen de la radio.