— ¿Que tenía de malo el anterior? — pregunto en voz baja.

— Yo no habría ofrecido ese trozo ni a mi peor enemigo — replicó Dondragmer.

— Encuentro semejanzas entre vuestra gente y la mía en las más increíbles situaciones — señalo Lackland —. Espero que haya una pausa durante la noche; en la oscuridad no veo lo que ocurre. Si pasa algo ante lo cual deba reaccionar, por favor, avísame.

Hacía este comentario porque nuevamente se ponía el sol, y Barlennan le aseguro que lo mantendría informado. El capitán había recobrado el aplomo y volvía a dominar la situación, tanto como podía dominarla un prisionero.

Pasó la noche deliberando con el jefe, cuya voz, interrumpida en ocasiones por otras que debían pertenecer a sus asesores, llegaba nítidamente al terrícola. Al alba adoptaron una decisión. El jefe se aparto de sus consejeros y depuso las armas; ahora, mientras la luz del sol bañaba nuevamente la cubierta, se acerco a Barlennan, haciendo retroceder a los guardias. El capitán, sabiendo de antemano que quería el otro, aguardaba con calma.

El jefe se detuvo a poca distancia de Barlennan, hizo una pausa teatral y comenzó a hablar.

Sus palabras continuaban siendo ininteligibles para los marineros, pero sus gestos indicaban claramente el sentido del discurso, incluso para los distantes observadores humanos.

Obviamente, quería una radio. Lackland se pregunto que poderes sobrenaturales atribuiría a aquel artilugio. Quizá la quisiera para proteger a su aldea de los enemigos, o para traer suerte a sus cazadores. Pero ese interrogante no tenía importancia; lo importante era saber como reaccionaría cuando rechazaran su solicitud. Tal vez la negativa resultase un tanto antisocial. Lackland empezó a preocuparse.

Barlennan, demostrando — a juicio de su amigo humano— mas valor que sensatez, respondió con brevedad: una sola palabra y un gesto que Lackland conocía de sobra.

«No» fue la primera palabra mesklinita que el terrícola aprendió mas allá de toda duda, y la aprendió en esta ocasión. Barlennan se mostró muy tajante.