El jefe, para alivio de por lo menos un testigo, no adoptó una actitud beligerante. En lugar de eso, impartió una lacónica orden a su gente. Varios de sus hombres dejaron las armas y comenzaron a devolver el botín a los depósitos de donde lo habían arrebatado. Si la libertad no era suficiente a cambio de una de las cajas mágicas, estaba dispuesto a pagar más. Tanto Barlennan como Lackland sospechaban que el sujeto ahora temía usar la fuerza, a pesar de su codicia.
Tras devolver la mitad de las vituallas, el jefe repitió su solicitud; ante la nueva negativa, hizo un gesto asombrosamente humano de resignación y ordeno a su gente que devolviera el resto. Lackland se estaba poniendo nervioso.
— ¿Que crees que hará cuando le digas que no de nuevo, Barl? — pregunto en voz baja.
El jefe miro esperanzadamente la caja; tal vez estaba deliberando con su dueño, ordenándole que diera a su captor lo que este pedía.
— No aventuraría una predicción — replico el mesklinita —. Con suerte, nos traerá mas cosas de la aldea para aumentar el pago, pero no se si la suerte llegara a tanto. Si la radio fuera menos importante, se la entregaría ahora.
— ¡Por el amor de Dios! — El etnólogo, que estaba sentado al lado de Lackland, estalló.
¿Has hecho esta payasada y arriesgado tu vida y la de tu gente para aferrarte a esa radio barata?
— No es barata— murmuro Lackland —. Están diseñadas para resistir en los polos de Mesklin, bajo la atmósfera mesklinita, y a la manipulación de los nativos mesklinitas.
— ¡No discutas! — exclamo el estudioso de otras culturas —. ¿Acaso esos equipos no están allí para proporcionarnos información? ¡Dale uno a ese salvaje! ¿Que mejor sitio para colocarlo? ¿Y que mejor modo de estudiar la vida cotidiana de una raza totalmente extraña? Charles, a veces me asombras.
— Con eso quedarán tres en manos de Barlennan, y una que llegar por fuerza al polo sur. Entiendo tu argumentación, pero creo que será mejor obtener la aprobación de Rosten antes de dejar una tan pronto.