— ¿Por que? ¿Que tiene que ver Rosten? El no esta arriesgando el pellejo como Barlennan, ni le interesa observar esa sociedad como a algunos de nosotros. Yo opino que debes dejarla; estoy seguro de que Barlennan ansía dejarla, y me parece que Barlennan tiene la ultima palabra.

El capitán, quien por supuesto había oído esta conversación, decidió intervenir.

— Olvidas, amigo de Charles, que las radios no son de mi propiedad. Charles me permitió llevarlas, como medida de seguridad, por sugerencia mía, para que al menos una llegara a destino aunque contratiempos inevitables me privaran de las demás. Yo creo que él, no yo, tiene la última palabra.

Lackland respondió de inmediato.

— Haz lo que consideres mejor, Barl. Tu estas allí y conoces tu mundo y sus gentes mejor que cualquiera de nosotros; y, aunque decidas dejar una radio allí, será beneficioso para mis amigos, como ya has oído.

— Gracias, Charles.

El capitán tomo una decisión en cuanto el Volador termino de hablar. Afortunadamente, el jefe había escuchado embelesado aquella conversación, sin tratar de aprovechar la circunstancia en su propio interés. Barlennan, manteniendo la farsa hasta el final, llamo a algunos tripulantes e impartió rápidas ordenes.

Moviéndose con circunspección y sin tocar nunca una radio, los marineros prepararon una hamaca de cuerdas. Luego desplazaron el equipo desde una distancia «prudente», con pértigas, y maniobraron hasta que la hamaca estuvo en posición, debajo y alrededor del equipo. Cuando terminaron, entregaron respetuosamente a Barlennan uno de los asideros de la hamaca. A su vez, él llamo al jefe y, con aire de encomendarle algo precioso y frágil, le entrego la cuerda. Luego señaló a los consejeros y dio a entender que debían sujetar los otros asideros. Varios de ellos se acercaron con cierta timidez; el jefe designó a tres para compartir ese honor, y los demás retrocedieron.

Despacio y con cuidado, los porteadores llevaron la radio hasta el borde de la balsa más externa del Bree. La canoa del jefe se acercó, una embarcación larga y angosta que evidentemente era un árbol ahuecado. Barlennan la miró con desconfianza. El siempre había navegado en balsa, y las embarcaciones huecas le resultaban extrañas. Estaba seguro de que la canoa era demasiado pequeña para soportar el peso de la radio; por eso, cuando el jefe ordenó a la mayoría de los tripulantes bajar de la canoa, apenas pudo reprimir el equivalente a un meneo de cabeza. Pensaba que aquel aligeramiento sería insuficiente. Quedó mas que sorprendido cuando la canoa, al recibir la carga, apenas osciló un poco. Observó varios segundos, esperando que la embarcación y la carga se hundieran de golpe; pero nada de eso ocurrió, y era manifiesto que no ocurriría.

Barlennan era un oportunista, como lo había demostrado meses antes con su firme decisión de asociarse con el visitante terrícola y aprender su idioma. Esto era algo nuevo, y obviamente valía la pena aprenderlo. Si se podían construir naves que soportaran tanto peso en relación con su tamaño, aprender a construirlas era muy importante para una nación marítima. Lo lógico era adquirir una canoa.