Un solo factor limitaba las tormentas de Mesklin hasta el punto de posibilitar el viaje marítimo: el vapor de metano es mucho más denso que el hidrógeno. En la Tierra, el vapor de agua es más ligero que el aire y contribuye enormemente al desarrollo de un huracán una vez que este comienza. En Mesklin, el metano que una tormenta recoge del océano tiende a detener, en un tiempo relativamente corto, las corrientes ascendentes que son responsables de su origen. Además, el calor que irradia al condensarse para formar las nubes de tormenta equivale a un cuarto del que proporcionaría una cantidad de agua comparable, y ese calor constituye el combustible del huracán, una vez que el sol ha dado el impulso inicial.

A pesar de todo, un huracán mesklinita no es cosa de broma. Barlennan, aún siendo mesklinita, lo aprendió de repente. Estaba pensando en remolcar el Bree corriente arriba cuando la decisión quedó fuera de sus manos; el agua del lago retrocedió con pasmosa velocidad, dejando la nave encallada a veinte metros de la orilla. Poco después, el viento viró noventa grades, alcanzando una velocidad que obligó a los marineros que estaban a bordo a aferrarse a las cornamusas, y a los que se hallaban en tierra, a la vegetación.

Nadie oyó el estridente ronquido del capitán ordenando regresar a bordo, ya que todos se habían refugiado en el circulo de las paredes del valle; de todas formas, nadie necesitaba una orden. Matorral por matorral, emprendieron el regreso — aferrándose con por lo menos dos pares de pinzas— hasta el lugar donde se encontraba la nave, que amenazaba con elevarse en cualquier momento, arrastrada por el viento. La lluvia — o, mejor dicho, la espuma, que azotaba la isla— los fustigó durante largos minutos; luego, las precipitaciones y el viento cesaron como por arte de magia. Nadie se atrevió a desatarse, pero los marineros más lentos recorrieron el ultimo tramo hasta el barco. Y lo hicieron justo a tiempo. El núcleo de la tormenta tendría cinco kilómetros de diámetro en el nivel del mar y se movía a cien kilómetros por hora. La pausa en el viento fue solo temporal; significaba que el centro del ciclón había llegado al valle. Además, esta era la zona de presión baja, y cuando llegó al mar en la desembocadura del fiordo se produjo la inundación. Las aguas se elevaron, cobrando velocidad, y penetraron en el valle como el chorro de una manguera. Recorrieron las paredes, atrapando al Bree en el primer circulo, y continuaron subiendo mientras la nave buscaba el centro del remolino…, cinco, diez, quince metros…, hasta que el viento atacó de nuevo.

Aunque la madera de los mástiles era dura, estos se partieron. Dos tripulantes habían desaparecido, quizá por haberse atado con demasiado apresuramiento. El viento envolvió la nave, desprovista de mástiles, y la arrojo hacia el remolino; como una astilla indefensa, salió disparada por el chorro líquido que ahora empujaba el pequeño río hacia el interior de la isla. El viento continuó arrastrándola, ahora hacia el costado del río; y cuando la presión se elevo de nuevo, la marejada retrocedió tan rápidamente como había llegado.

Sin embargo, el tramo donde flotaba el Bree ya no tenía por donde ir excepto el cauce fluvial, y eso le llevo tiempo. Si hubiera durado la luz diurna, Barlennan habría podido guiar su maltrecha nave por esa corriente mientras aun flotaba; pero el sol se puso en ese instante, y encallaron sumidos en la oscuridad. La demora de pocos segundos fue suficiente; el líquido continuaba retrocediendo, y el sol, al regresar, asomó sobre un indefenso montón de balsas que estaban a veinte metros de un río demasiado angosto y con muy poca profundidad.

12 — JINETES DEL VIENTO

Desde Toorey habían visto buena parte de lo sucedido; los equipos de radio, al igual que la mayoría de los objetos más pequeños de la cubierta del Bree, permanecían en su sitio. No habían podido distinguir mucho mientras la nave giraba en ese vórtice, pero la situación actual era dolorosamente clara. Ninguna de las personas de la sala de pantallas tenía consejos útiles para ofrecer.

Lo mismo les ocurría a los mesklinitas. Estaban habituados a tener barcos encallados en tierra, pues, en su propia latitud, los mares retrocedían a finales de verano y de otoño, pero no a que ocurriera de golpe y con tantas tierras altas entre ellos y el océano.

Barlennan y el piloto evaluaron la situación y no hallaron muchos motivos para sentir gratitud.

Aun tenían comida en abundancia, aunque la que llevaban en la canoa había desaparecido. Dondragmer aprovechó la ocasión para señalar la superioridad de las balsas, omitiendo mencionar que las provisiones de la canoa estaban amarradas con negligencia o incluso sueltas, por una errónea confianza en los flancos altos de la embarcación. La canoa seguía en el extremo de su línea de remolque, intacta. La madera de que estaba hecha compartía la elasticidad de las plantas de las latitudes altas. El Bree, construido con materiales similares, pero menos flexibles, también estaba intacto, pero habría sido muy diferente si hubiera habido muchas rocas en la pared del valle redondo.