El Bree no se había volcado gracias a su hechura. Barlennan admitió ese punto sin esperar a que el piloto lo mencionara.

— Lo más conveniente sería desmantelarlo, como hicimos antes, y acarrearlo por encima de las colinas. No son muy empinadas, y el peso todavía no es excesivo — sugirió Barlennan al cabo de una larga reflexión.

— Quizá tengas razón, capitán. Pero ¿no ahorraríamos tiempo separando las balsas solo en sentido longitudinal, para tener remos a lo largo de la nave? Podríamos trasladarlas o arrastrarlas hasta el río, y sin duda flotarían antes de un largo trecho.

Fue Hars, que ya se había recuperado del impacto de la roca, quien hizo esta sugerencia.

— Buena idea, Hars. ¿Por que no averiguas que distancia precisa tendría ese trecho? El resto puede empezar a desatarlas como has sugerido, y descargar donde sea necesario.

Me temo que parte del cargamento será un estorbo.

— ¿El tiempo aun será desfavorable para esas maquinas volantes? — pregunto Dondragmer.

Barlennan miro hacia arriba.

— Las nubes todavía están bajas y el viento arrecia — dijo —. Si los Voladores están en lo cierto, y al parecer saben de que hablan, el tiempo aun es malo. Sin embargo, no estará de más echar una ojeada al cielo. Ojalá veamos otra.

— No es algo que me entusiasme — replico el piloto secamente —. Supongo que quieres añadir un planeador a la canoa. Te aseguro que, en caso de emergencia, llegaría a montarme en una canoa, pero el día en que trepe a una de esas maquinas volantes será una apacible mañana de invierno con ambos soles en el cielo.