Barlennan no respondió; no había pensado conscientemente en añadir un planeador a la colección, pero la idea le interesó. En cuanto a volar en la máquina, bien, a pesar de los cambios que Barlennan había experimentado, había ciertos limites.

Los Voladores informaron que el tiempo empezaba a despejarse, y las nubes, en efecto, se disiparon a lo largo de los días siguientes. Aunque el tiempo mejoró mucho para volar, pocos tripulantes pensaban en mirar los cielos. Todos estaban atareados. El plan de Hars había resultado viable, pues el arroyo tenía profundidad suficiente para las balsas pocos cientos de metros hacia el mar, y anchura suficiente para una sola balsa a poca distancia. Barlennan se había equivocado al afirmar que el peso ya no sería excesivo; todo pesaba el doble que cuando se habían despedido de Lackland, y ellos no estaban habituados a levantar nada. Aunque eran vigorosos, la nueva gravedad puso a prueba su destreza para alzar cosas, hasta el extremo de necesitar descargar las balsas antes de trasladarlas y arrastrarlas hasta el arroyo. Una vez en el agua, la tarea fue mucho más simple; y cuando una cuadrilla de excavación hubo ensanchado las márgenes hasta el punto más próximo al sitio donde descansaba el Bree, la labor se facilitó muchísimo. En pocos cientos de días, la larga y angosta hilera de balsas, nuevamente cargada, era remolcada hacia el mar.

Las máquinas volantes aparecieron cuando la nave acababa de entrar en el tramo donde las paredes del río eran mas empinadas, poco antes de desembocar en el lago.

Karondrasee las vió primero; en ese momento se encontraba a bordo, preparando comida mientras los demás jalaban, y estaba más atento que sus compañeros. Su ronquido de alarma sobresaltó a terrícolas y mesklinitas, pero los primeros no pudieron ver a los visitantes porque el visor no estaba apuntado hacia el cielo.

Barlennan los vio con toda claridad. Eran ocho planeadores viajando en estrecha cercanía, aunque no en formación cerrada. Se acercaron montados en las corrientes del valle hasta casi sobrevolar la nave; luego cambiaron de rumbo para pasar frente al Bree.

Mientras giraban en lo alto, cada uno soltó un objeto, viró y regresó hacia el viento para recobrar altura.

Los objetos eran muy nítidos; los marineros vieron que eran lanzas, muy parecidas a las de los moradores del río, pero con puntas más gruesas. Por un instante, el viejo terror a los objetos en caída amenazó con sumirlos en la histeria; pero entonces vieron que los proyectiles no les alcanzarían, sino que caerían a cierta distancia. Segundos después, los planeadores regresaron, y los marineros se amilanaron temiendo que hubieran mejorado la puntería; sin embargo, las lanzas cayeron en el mismo lugar. A la tercera pasada, fue evidente que la puntería era deliberada; y pronto se evidencio el propósito. Cada proyectil había caído en el angosto arroyo, penetrando en el firme suelo de arcilla; al final de la tercera pasada, dos docenas de estacas formadas por el asta de las lanzas impedían que la nave avanzara corriente abajo.

Cuando el Bree se aproximó a la barricada, el bombardeo cesó. Barlennan pensó que continuarían para impedir que se acercaran y eliminaran el obstáculo, pero al llegar comprendieron que no era necesario. No podrían arrancar esas lanzas; las habían arrojado desde treinta metros de altura con magnífica puntería en un campo de siete gravedades, y nada, salvo una potente maquinaria, podría extraerlas. Terblannen y Hars lo demostraron en cinco minutos de infructuosos esfuerzos.

— ¿No podéis cortarlas? — preguntó Lackland desde su distante punto de observación.

Sé que vuestras pinzas son muy potentes.