— Esto es madera, no metal — respondió Barlennan —. Necesitaríamos una de vuestras sierras de metal duro, que según dices cortaría incluso nuestra madera, a menos que tengáis alguna máquina para extraerlas.

— Debéis tener herramientas capaces de cortarlas. ¿Cómo hacéis reparaciones en el barco?. Las balsas no tenían originalmente esa forma.

— Nuestras herramientas de corte están construidas con dientes de animales puestos en bastidores fuertes, y la mayoría no son muy portátiles. Utilizaremos las que tengamos, pero dudo que nos den tiempo para lograr mucho.

— Pensé que podríais ahuyentar a los atacantes con el fuego.

— Podemos, si vienen con el viento en contra. Pero no creo que sean tan estúpidos.

Lackland guardó silencio, mientras la tripulación se ponía a trabajar en las estacas con las herramientas filosas que pudo hallar. Los cuchillos personales eran de madera dura y no tallaban una muesca en las lanzas, pero, como había dicho Barlennan, había algunas herramientas de hueso y marfil, y con ellas empezaron a aserrar la durísima madera. Los tripulantes que no tenían herramientas intentaron excavar; se turnaron para hundirse hasta el fondo del arroyo, aflojar la arcilla y dejar que las partículas se disolvieran en la perezosa corriente. Dondragmer los observó por un tiempo; luego señaló que cavar un canal que sorteara el obstáculo quizá fuera más fácil que arrancar dos docenas de estacas de una profundidad de un metro. Los tripulantes que no tenían herramientas para cortar siguieron esta sugerencia, y la obra avanzó a notable velocidad.

Entretanto, los planeadores seguían sobrevolando; al parecer se habían quedado toda la noche, o quizás otros los habían reemplazado durante los minutos de oscuridad.

Barlennan vigilaba las colinas de ambos lados del río, esperando que en cualquier momento aparecieran efectivos terrestres; pero, durante largo tiempo, sus tripulantes y los planeadores fueron los únicos elementos móviles de la escena. Los pilotos de los planeadores permanecían invisibles; nadie podía averiguar cuántas criaturas iban a bordo de las máquinas, ni cómo eran, pero tanto los humanos como los mesklinitas habían llegado a la conclusión de que pertenecían a la raza de Barlennan. No parecían preocupados por las excavaciones, pero al final fue manifiesto que habían reparado en aquella tarea. Los marineros estaban terminando, cuando otra serie de bombardeos sembró de estacas el nuevo canal. Como antes, los pilotos procuraron no herir a ninguno de los navegantes. La acción, sin embargo, fue tan exasperante como un agravio personal; la tarea de cavar era obviamente inútil, pues un trabajo de días se podía malograr en pocos minutos. Debían proceder de otro modo.

Siguiendo el consejo del terrícola, Barlennan había ordenado a sus hombres que no formaran grupos numerosos; pero ahora los condujo hacia la nave, formando un cordón paralelo a la hilera de balsas en ambos lados del río. Los hombres estaban tan espaciados que no había ningún blanco tentador desde arriba, pero tan próximos como para ayudarse unos a otros en caso de ataque. Allí se quedaron; Barlennan deseaba dejar en claro que el próximo paso correspondía a los pilotos de los planeadores. Sin embargo, éstos no hicieron nada durante días.

Luego, una docena de aquellas frágiles naves apareció a lo lejos, los sobrevoló, se dividió en dos grupos y aterrizó en las cumbres de ambos lados de la nave aprisionada.