Los aterrizajes se efectuaron penetrando en el viento, tal como habían predicho los Voladores; las máquinas frenaron a pocos metros del punto de contacto. Cuatro seres salieron de cada una, brincaron a las alas y se apresuraron a sujetar los planeadores, utilizando los arbustos locales a modo de anclas. Lo que todos habían supuesto, ahora quedaba demostrado; eran idénticos en forma, tamaño y color a los marineros del Bree.

Una vez amarrados los planeadores, los tripulantes procedieron a instalar una estructura desarmable contra el viento y la sujetaron con cuerdas equipadas con garfios.

Parecían medir atentamente la distancia entre esta estructura y el planeador más próximo. Solo una vez concluida esta tarea prestaron atención al Bree y sus tripulantes.

Un gemido prolongado que resonó de colina en colina sirvió coma señal de que la faena estaba terminada.

Los tripulantes de los planeadores de sotavento empezaron a descender por la cuesta.

No brincaban, como habían hecho al aterrizar, sino que reptaban como orugas, recurriendo al único modo de locomoción que la gente de Barlennan había conocido antes de su expedición al Borde. A pesar de ello, avanzaron a buena velocidad y estuvieron a razonable distancia para arrojar proyectiles — como temían los marineros más pesimistas— al caer el sol. En ese punto se detuvieron y aguardaron a que pasara la noche; las lunas brindaban luz suficiente para que ambos bandos se cerciorasen de que los demás no hacían nada sospechoso. Con el amanecer, el avance se reinició, y eventualmente terminó con uno de los recién llegados a solo un metro del marinero más próximo, mientras sus compañeros esperaban a poca distancia. Ninguno de ellos parecía armado, y Barlennan les salió al encuentro, ordenando a dos marineros que apuntaran uno de los visores hacia el lugar de reunión.

El piloto del planeador, sin perder tiempo, comenzó a hablar en cuanto tuvo a Barlennan delante. El capitán no entendía una palabra. Al cabo de unas frases, el portavoz pareció darse cuenta, se interrumpió y continuó mas despacio, en lo que Barlennan dedujo que era otro idioma. Para ahorrar el tiempo que consumiría una búsqueda a tientas entre los idiomas conocidos por su interlocutor, Barlennan indicó verbalmente su falta de comprensión. El otro cambió de idioma una vez mas, y el sorprendido Barlennan oyó su propia lengua, hablada con lentitud y torpeza, pero de forma muy comprensible.

— Hace tiempo que no oigo hablar tu idioma — dijo el otro —. Confío en ser comprendido al utilizarlo. ¿Me sigues?

— Te entiendo perfectamente — replicó Barlennan.

— Bien. Yo soy Reejaaren, lingüista de Marreni, que es Oficial de los Puertos Exteriores.