Se me ordenó averiguar quiénes sois y cuál es vuestra procedencia y propósito al navegar por los mares que rodean estas islas.

— Realizamos un viaje para comerciar, sin destino específico. — Barlennan no tenía intención de hablar de su relación con criaturas de otro mundo —. Ignorábamos la existencia de estas islas. Simplemente, nos alejábamos del Borde, pues ya estuvimos allí tiempo suficiente. Sí deseáis comerciar con nosotros, estamos dispuestos; de lo contrarío, solo pedimos que se nos permita continuar el viaje.

— Nuestras naves y planeadores trafican en estos mares. Nunca hemos visto otro — respondió Reejaaren —. Hay algo que no entiendo. El mercader del sur que me enseñó tu idioma declaró que venía de un país que se hallaba al otro extremo de un mar, mas allá del continente occidental. Sabemos que no hay pasaje marítimo entre ese océano y éste, entre este lugar y el hielo; sin embargo, navegáis desde el norte desde que os avistamos.

Eso sugeriría que estuvisteis explorando estos mares buscando tierras. ¿Cómo cuadra eso con tu historia? No nos agradan los espías.

— Vinimos desde el norte después de atravesar las tierras que hay entre este océano y el nuestro. — Barlennan no tuvo tiempo de elaborar una mentira convincente, aunque comprendía que la verdad resultaría poco creíble. La expresión de Reejaaren le dio la razón.

— Obviamente, tu nave está construida con herramientas grandes, que no poseéis. Eso significa un astillero, y no hay ninguno al norte, sobre este océano. ¿Quieres que crea que la desmantelasteis y la acarreasteis a través de esas tierras?

— Sí. — Barlennan creyó hallar una salida.

— ¿Como?

— ¿Cómo voláis vosotros? Algunos encontrarían eso mucho más difícil de creer.

La pregunta no era tan eficaz como había esperado Barlennan, a juzgar por la reacción del intérprete.